UNA INSTITUCION VIGENTE DESDE
LA EDAD MEDIA

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El Tribunal de las Aguas de Valencia

Cuando la gente sabe que en la ciudad de Valencia se conserva una institución nacida durante la Edad Media, mas no precisamente como un recuerdo celosamente defendido o una reminiscencia folklórica, sino con plena vigencia y eficacia, la curiosidad suele ir dejando paso a la admiración, primero, y al respeto, seguidamente.

Se trata, en verdad, de un caso excepcional, en la más pura acepción del término : es decir, único en Europa. Probablemente, también en el mundo.

Pervivencia por la eficacia

El "Tribunal de las Aguas" no sólo continúa entendiendo en las cuestiones que le dieron origen y nombre : sino que lo hace con un acierto del que puede afirmarse que no ha tenido bache alguno a lo largo de aproximadamente mil años.

Dato asombroso, casi increíble. Pero es preciso creerlo : existe una ley de la historia según la cual las instituciones sólo en parte deben su existencia a decisiones emanadas del poder (el rey, el gobierno, el dictador, etc. : en suma, "los que mandan" en cada época). Semejante voluntad puede determinar su origen, incluso alguna duración (mientras aquel poder o sus consecuencias se mantienen). Pero inexorablemente la institución languidece, se difumina y al cabo se pierde si no es útil, ésto es, si no cumple su función o la cumple mal, si la función no era necesaria o deja de serlo debido al paso del tiempo ; en suma, si la sociedad real pierde el interés para que perdure.

Así pues, la mera conservación de las instituciones no fosilizadas es la prueba palpable de que cumplen un objetivo y lo hacen bien. Un consenso de la sociedad mantenido a través de la historia es el único modo posible para que aquéllas no se pierdan.

Si se consideran los cambios, numerosos, profundos y de toda índole, que separan nuestra sociedad de la sociedad medieval, hay que rendirse más todavía a la evidencia de que el "Tribunal de las Aguas" es un ejemplo interesantísimo de aquélla que nos atrevemos a denominar "pervivencia por la eficacia".

Puntualidad y eficacia infalibles

Todos los jueves del año, a las doce en punto, hora del mediodía, el "Tribunal de las Aguas" inicia sus sesiones ante la Puerta de los Apóstoles de la catedral de Valencia. Nada ni nadie han podido perturbar la solidez de la institución. Sus fallos son acatados, sin que existan una cárcel ni un cuerpo armado para obligar a respetarlos, a lo largo de todos los siglos de su existencia. Si en algún momento de la historia hubieran sido desobedecidos, si hubiera corrido la especie de que no siempre fuesen justos, si alguna – cualquiera – de las partes implicadas en sus asuntos se hubiera considerado, ya que no lesionada, por lo menos insuficientemente atendida en sus necesidades... el tribunal hubiera perdido la confianza que todavía le respalda : comienzo de su ocaso.

Pero no ha sido así. Tampoco ha necesitado alardes ni ceremonial llamativo para simbolizar su cometido : la mayor sobriedad rodea tanto las sesiones como las decisiones del tribunal. Todo es llano, cotidiano, "fácil" : en ello reside otra de las causas de su eficiencia.

Y no hay más. El ceremonial es mínimo, por no decir inexistente. Tampoco hay recurso a la forma escrita : todo es oral, inmediato y simple. Los interesados deponen ante el tribunal, que está compuesto por campesinos normales sin más conocimientos que las tradiciones legadas de padres a hijos. Estos jueces escuchan las alegaciones, discuten brevemente entre si... tras lo cual inmediatamente formulan su sentencia. Ni archivos, ni pliegos firmados, ni plazos. Todas las sentencias se acatan. Y se cumplen. Porque existe la certeza, amasada por los siglos, de que “conviene a todos” que se mantenga el fiel cumplimiento de las costumbres ancestrales, ya que a éstas deben todos la prosperidad de sus regadíos (clave de la prosperidad de la región).

Si un solo regante hiciera caso omiso de la sentencia... todos saldrían perjudicados. Porque la eficacia del derecho consuetudinario garantiza la prosperidad general. Tal es la sensatez del mismo, su lógica y su adecuación (probada a lo largo de tantos siglos).

Por tanto, las decisiones del “Tribunal de las Aguas” han sido y son cumplidas siempre. Sin necesidad de que actúe un cuerpo de vigilantes ni de inspectores ; ni mucho menos una fuerza pública que castigase a los transgresores. Tampoco pliegos escritos, comunicaciones conminatorias, ni previsión de sanciones a los remisos o los desobedientes. No hay nada de eso. No han hecho falta nunca y actualmente tampoco.

Origen musulmán del "Tribunal de las Aguas"

El Reino de Valencia se distinguió siempre por la riqueza de sus cultivos hortofrutícolas, en cuyas técnicas fueron maestros sus pobladores musulmanes. Todavía hoy, la Comunidad Valenciana es una importante exportadora de cítricos (naranjas y limones, principalmente).

Establecieron los musulmanes un sistema de regadío tan perfecto que, a su vez, ha llegado hasta nuestros días : aprovechando las aguas de los ríos – en el caso que nos ocupa, principalmente el río Turia – de tal modo que sean equitativamente distribuídas. Esta necesidad es más imperiosa aún puesto que se trata de ríos muy irregulares : durante sus estiajes veraniegos, la sequía puede ser un serio problema para las huertas. De ahí la necesidad vital de un sistema práctico de acequias (canales) que conduzca aquéllas hasta el último rincón donde un labrador debe salvar su cosecha.

Así como el origen de la red de acequias es innegablemente musulmán, otro tanto puede suponerse a la normativa, muy estricta, que debió regular el uso de las mismas : transmitida por vía oral, pero con la fidelidad conveniente para que no se "escapase" ni uno solo de aquellos detalles que podían determinar riego o sequía ; es decir, prosperidad o bien miseria para los labradores afectados. En cuanto a la existencia de un "tribunal" que entendiese acerca de las discrepancias, abusos, torpezas o descuidos en materia de regadío, síguese de las anteriores premisas. Se han rastreado sus intervenciones hasta nada menos que 960-1010 : es decir, durante la época de los llamados reinos de taifas. Semejantes datos no bastan para definir la institución como tal, pero sí para aceptar una efectiva actuación semejante.

Conquistada Valencia – sin lucha – por el rey Jaime I de Aragón, tuvo éste el buen sentido suficiente para comprender la sabiduría que había mantenido el sistema de riegos de Valencia, convalidándolo en el texto legal, o Fueros ("furs", en lengua valenciana), que otorgó a aquel reino recién adquirido. El texto real no alude expresamente al tribunal – tampoco –, pero, puesto que ratifica en términos muy generales lo que había sido establecido en tiempos de "los sarracenos" ( = los musulmanes), con ello queda incorporada aquella institución, cual y como fuere, a las propias de su corona.

Ello se inscribe en la prudente política de Jaime I, que quiso que musulmanes y judíos continuasen viviendo en el Reino de Valencia como hasta entonces lo habían hecho : respetando sus costumbres e instituciones. No en vano muchas de ellas, como la que nos ocupa, fundamentaban la prosperidad, que continuó, en efecto, bajo su reinado e incluso llegó a su punto máximo más tarde, durante el Renacimiento.

No sabemos con exactitud cuál debía ser el estatuto anterior en la materia ; pero, en cambio, consta documentalmente que Jaime I entregó la propiedad de las aguas a los labradores. Esta acción jurírica de tanta trascendencia se contiene en el Fuero XXXV. Se trata de una propiedad común para todos los regantes (que por ello son llamados "comuneros"). "Pero cada uno tiene derecho al agua que le corresponde en proporción a la tierra que posee. Es decir, el agua está unida a la tierra, sin que se pueda separar de ella ; y así, el que vende la propiedad de un campo vende con él el derecho al riego y al agua de que es partícipe, sin que en forma alguna pueda reservarse la propiedad de ésta, que por disposición real queda ligada a la tierra" (Vicente Giner Boira).

Las sesiones del tribunal

El lugar donde el tribunal se reúne es otra prueba indirecta de su origen musulmán. Porque en Valencia, como en tantas otras ciudades españolas, la actual catedral está edificada sobre el emplazamiento de la mezquita mayor. Sabido es que los jueces musulmanes atendían a sus demandantes e impartían justicia precisamente en el patio de la mezquita. De modo que estos jueces continúan haciéndolo, en lo que son materias de su competencia, precisamente en el mismo lugar donde lo hicieron sus antecesores, todos y siempre.

Hasta hace no demasiados años, el presidente del Tribunal de las Aguas otorgaba el uso de la palabra señalando con el pie, y no con la mano, al testigo, el demandante o el demandado, según los casos. Es posible que todavía sobrevivan ancianos que recuerden esta costumbre, chocante en tiempos modernos. Al parecer, se trata asimismo de un uso musulmán : algunos viajeros han visto en recónditas tierras de Islam cómo los grandes señores o los doctores de la ley coránica señalan, efectivamente, con el pie a quien quiera que deseen aludir.

El tribunal está integrado por los síndicos de las ocho acequias principales, que, a su vez, rematan una jerarquía en pirámide, estructurada en el seno de cada una de ellas del modo más estrictamente democrático. Este término, que no existía en su tiempo, es el más adecuado para designar el modo de elección y nombramiento precisamente por el pueblo, sin interferencia de ninguna clase, y de acuerdo con sus propios intereses. Los convecinos se conocen bien : nadie les torcerá su probada opinión sobre quién es más recto, prudente, ecuánime o equilibrado, así como más escrupuloso en sus respectivos deberes como regante. Les conviene que sea éste, y no otro peor dotado, quien reciba su designación para juzgar. Porque aquellos labradores son quienes eligen a quienes tendrán que juzgar, acaso, sobre sus propios asuntos.

La sensatez acumulada durante tantos siglos es, al cabo, el fondo para apoyar la eficacia del tribunal.

Un procedimiento "sumarísimo"

El "Tribunal de las Aguas" actúa mediante un procedimiento sumarísimo : dicho sea sin la sombra peyorativa o impositiva que ha lastrado este término en nuestros días, antes bien, recuperando su sentido propio de rapidez y eficacia. Oídas las partes, los jueces deliberan sin moverse de sus asientos y a los pocos minutos (algunas veces, “al momento”) emiten su sentencia : que es inapelable.

No ha hecho falta ningún escrito : el juicio es enteramente oral. No ha habido demora ni en la vista – una semana es el plazo máximo, puesto que desde un jueves al otro apenas se pueden acumular causas – ni en la sentencia. Tampoco en su ejecución, que es inmediata.

El único retraso previsto depende de la incomparecencia del regante denunciado. Si no se presenta ante el tribunal el jueves inmediatamente siguiente a su infracción (y a la denuncia correspondiente), se le vuelve a citar hasta dos veces más. Pero si continúa ausente en la tercera citación, el tribunal le juzga y le condena en rebeldía. Por ello, ningún asunto puede aguardar más de tres jueves en ningún supuesto.

La proverbial equidad del tribunal se puso de manifiesto en época reciente, cuando un jueves su presidente fue denunciado ante el mismo a causa de una infracción cometida por uno de sus jornaleros. Al escuchar su nombre en la citación correspondiente, hubo de levantarse de su asiento para ir a ocupar el lugar de los demandados : para ello, se quitó el blusón que revisten los jueces, que para ellos es un símbolo de su jurisdicción, quedando con el aspecto usual en cualquier labrador huertano. Interrogado por los demás miembros del tribunal, éste resolvió que era culpable, de modo que el vicepresidente – en funciones de presidente durante aquellos minutos – pronunció la sentencia adversa. Tras lo cual, con la mayor naturalidad del mundo, el presidente endosó de nuevo el blusón, ocupó su asiento y se pasó a juzgar el siguiente caso. Normalidad absoluta.

Influencias en América

Que el caso del "Tribunal de las Aguas" sea irrepetible no obsta que puedan apoyarse en su experiencia algunas aplicaciones modernas. En efecto, la Ley de Aguas de España (1879) se inspiró en parte en aquel derecho consuetudinario, sobre el que tomaron apoyo, a su vez, las legislaciones correspondientes de muchos países de América, como ha puesto de relieve un estudio del argentino Guillermo J. Cano.

Por otra parte, es muy frecuente que acudan a Valencia juristas de las más diversas procedencias, deseosos de comprobar directamente el funcionamiento de una institución semejante. Que – por lo demás – no tiene secreto. Los interminables procesos, los farragosos escritos, el complicado procedimiento que son el lastre fatal del Derecho contemporáneo hallan su antítesis en la sencillez y soltura con que se desenvuelve el "Tribunal de las Aguas".

¿Por qué no es posible imitarlo? Quizá, porque la autoridad moral no se improvisa...

BIBLIOGRAFÍA

Vicente Giner Boira : "El Tribunal de las Aguas de Valencia". Ilustre Colegio de Abogados de Valencia. Valencia, 1995.

Víctor Fairén Guillén : "El Tribunal de las Aguas de Valencia y su proceso". Artes Gráficas Soler S.A. Valencia, 1988.

Claudio Sánchez Albornoz : "La España musulmana", 2 vols. Espasa Calpe. Madrid, 1973.




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