CHILLIDA, MÁS ALLÁ DE SUS FORMAS

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Hace ya bastantes años que la escultura de Eduardo Chillida se impuso internacionalmente, hasta el punto de que es hoy uno de los artistas reconocido a nivel mundial indiscutiblemente.

Por desgracia, en España este prestigio no redunda en el mínimo de correspondencia que un artista como Chillida se merece : su extraordinario parque de esculturas, “Chillida Leku”, donde se puede gozar de su obra en pleno compañerismo con la naturaleza, ha atravesado dificultades materiales que en un país normalmente orgulloso respecto de sus glorias serían impensables, por escandalosas e ingratas.

Pero estas malaventuras no dejan de ser la superficie de unos méritos y una admiración que han calado mucho más hondo. Consideremos a Chillida en su esfuerzo, su continua autoexigencia y, al cabo, su obra : ésta es su verdad. Lo demás, pequeño anecdotario, aunque profundamente molesto.

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La primera impresión que causan sus obras es siempre de gravidez. Son las suyas "formas que pesan" – según la fórmula que acuñó Eugenio d'Ors –, en contraposición a "formas que vuelan", como fueron las de Julio González o, en nuestros días, muchas de las de Andreu Alfaro. Al aplomo propio de las obras de Chillida contribuye generalmente el material empleado (hierro, hormigón, alabastro), así como la importancia que le concede como lenguaje expresivo, las proporciones – a menudo considerables, cuando no abrumadoras – y la austeridad que les impone para evitar todo lo que distrajera del asentamiento sobre la realidad firme. Incluso cuando Chillida ejecuta obras destinadas para la suspensión desde lo alto – sobre el suelo o sobre el agua – , su concepción no es una negación de la gravedad, sino un desafío a la misma, que se manifiesta imponente.

Afirmación de la perdurabilidad

La presencia de Chillida se caracteriza, pues, por la solidez, la contenida energía, la virilidad y la rotundidad. También, aquella lucha callada de la que brota una poética recia y sugerente. Sus obras se hacen insoslayables. Se imponen. Parecen indestructibles, como las peñas más adustas.

Se comprende que en una época tan indecisa o tan insegura como la nuestra los espíritus más vulnerables a aquellas zozobras hallen reposo en la impresión de estabilidad y reciedumbre que Eduardo Chillida continuamente expresa. Seguridad, firmeza : al cabo, confianza.

Gnosis y combate

No llega el artista cómodamente a este resultado. Se comprende que sea todo lo contrario.

Chillida es un gnóstico de los tiempos actuales : como los gnósticos de la antigüedad, él busca la salvación (o la seguridad) mediante el conocimiento. "Lo que yo persigo con mi trabajo es conocer... Mis obras son función del conocimiento", había declarado en 1986.

Hay también una dimensión "agónica" de su trabajo – en el sentido heleno y unamuniano – que se trasluce en muchas de sus reflexiones : así desmiente la apariencia secamente firme de sus obras tal como se contemplan finalizadas. "Hay esculturas en las cuales el espacio agrede a la materia y esculturas en las cuales el espacio positivo (que es la materia) ataca al espacio exterior. Es decir, es pintar desde un lado o desde el otro de la montaña, como dicen los orientales. Son las dos posibilidades del límite. Una línea une el mundo en ella, y lo separa también". Observaciones que formulaba en 1983.

Su trabajo es, por tanto, lucha. Según la noción que él ha empleado : agresión, nada menos. ¿Lo necesitaba así su temperamento y por eso se dedicó a operar sobre la materia más pugnaz? ¿O bien aquel conocimiento que él pretendía no puede ser ganado sino a fuerza de un derroche de energías – tanto físicas como psíquicas – , bregando a brazo partido precisamente con los antagonistas que más le obliguen a ello? Gaston Bachelard observa que Chillida quiere trabajar lidiando, mediante sudor y fatiga, con materia tan dura como el hierro. El ha repetido que nunca le agradó modelar materia blanda. Es, pues, un hombre titánico, hecho para la violencia creativa.

La exégesis de Octavio Paz

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Como fino catador del arte contemporáneo, Octavio Paz logró dar en alguna de las dianas que Chillida ofrece – nada obviamente, por cierto – al pensamiento contemporáneo. Para él, este escultor contempla el universo como una concurrencia de formas y la forma como un equilibrio momentáneo entre fuerzas y elementos. No pretende, por consiguiente, abrumar con la gravidez de lo definitivo, sino apresar "instantáneas" de aquel devenir que precisamente se ocupa en escrutar la ciencia de nuestros días. No busca la permanencia, pese a que sus contempladores, incurramos tan fácilmente en interpretarlo así. Más bien se diría que sus piezas son "espejismos de permanencia". Chillida pretende tan sólo "fijar" corpóreamente la agitación y la convulsión, no visibles, que los científicos denuncian en la aparente quietud de la no menos aparente materia. Bertrand Russell lo explicó en términos muy claros.

De esta manera reconduce Octavio Paz su reflexión al gran tema de los vacíos en Chillida. El espacio no es pensable, sino táctil – nos recuerda – ; pero tan pronto como lo tocamos se esfuma (¿no será tal vez en el instante previo a tocarlo?). Cuando Chillida experimenta algo semejante, los materiales más sólidos le resultan vaciados de pronto y así se genera su "espacio interior", que tanto se ha comentado.

"Música callada"

Se hubo preguntado Eduardo Chillida : "¿Hay límites para el espíritu? Gracias al espacio, hay límites en el universo físico y yo puedo ser escultor. Nada sería posible sin este ruido de límites y el espacio que los permite. ¿Qué clase de espacio fomenta los límites en el mundo espiritual?".

Penetramos en otra problemática. También ha sorprendido a Octavio Paz que este escultor – tan sobrio generalmente en sus títulos – eligiese alguna vez la poética contradicción "Música callada", tomada de San Juan de la Cruz. Evoca la actitud del místico, que es quien "dice sin decir" o bien "no dice lo que hubiera de decir". El místico es el hombre de la suprema paradoja, a su modo también gnóstico – puesto que sabe lo que sólo a él le ha sido dado penetrar – , para quien su alto conocimiento es re-conocimiento de la nada que le constituye. Se salva precisamente en la medida que acepta esa nada, la pretende expresar y la ama : límite, límite por todas partes, que no le asfixia, sino que le dispara a otro orden donde no haya límites. De este modo "llena de sentido" su vacío.

Esto no se halla expreso – no podría estarlo – en la obra escultórica de Eduardo Chillida. Mas parece tender hacia algo análogo. Es sugerente que la sagacidad de Octavio Paz le haga concluir con una referencia al viento como símbolo del espíritu.

Mar, roca, hierro, viento

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Pues bien, una de las más atrevidas obras de Chillida es el conjunto de sus "Peines del viento" en el acantilado donostiarra ( = San Sebastián). Allí ha contrapuesto a las olas de un mar bravío, que chocan salpicando espumas, la estabilidad y la solidez de sus formas de hierro. Desafían a las aguas pero se integran en ellas. ¿Frente a lo cambiante, la forma estable? No tan claro : el agitado entorno convierte a ésta, a su vez, en otra realidad tornadiza ; las aguas y las espumas rompiendo constantemente afectan la percepción de los enormes hierros, así como las rocas (“casi eternas” frente al mar), velando o alterando por instantes su percepción. Han sido engullidos en la vorágine mutante.

Unos elementos tan disímiles mantienen una pugna / colaboración / fraternidad ; Sin que haya supremacía de ninguno, antes bien, coincidencia : pues los peñascos de donde parecen brotar los hierros titánicos, así como con las agresivas rompientes de aquel mar, tan bravo, que visualmente los hacen suyos (el efecto estético es uno y único, aunque resulte de realidades tan dispares).

Los “Peines del viento” no sólo permanecen, sino que sugieren que habrán de permanecer siempre. Nada más antibarroco, así en la forma como en el espíritu : si el barroco había sido el arte de la fugacidad – aprehensión de este momento huidizo – y de la incertidumbre – ¿es la vida un sueño?, como hubo planteado Calderón – , la escultura de Eduardo Chillida resulta una continua afirmación de la perdurabilidad.

Luchador contra el viento y contra el mar, a la vez que su cómplice, experimenta el trágico afán de aferrarse a la materia. Náufrago que se abraza a su última tabla: la dureza, la cohesión. Patético alarido del hombre actual que se resiste a no ser más que un instante zarandeado en la relatividad.

Y la inmensidad...

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Quizá pocas de las obras de Chillida hayan sido tan ambiciosas como “Elogio del horizonte”, que enmarca monumentalmente el mar de la ribera de Gijón. Grandeza frente a grandeza. La inmensidad del mar, de suyo, hubiera hecho trizas cualquier otra forma que no poseyese, al mismo tiempo, la potencia y la humildad que Chillida llegó a dominar durante los últimos tramos de su carrera creativa. “Elogio del horizonte” ES, con soberana audacia, pero al propio tiempo DEJA SER. No rivaliza con el mar, como no han rivalizado nunca otras obras con los árboles, los matorrales, ni siquiera la humilde hierba del campo. Pero fraternizan. Eduardo Chillida – en el fondo del sentido de toda “creación” – poseyó la medida inmedible que diferencia al creador auténtico del digno remedador (que también puede ser eximio).

Otra manera de sentirse hombre en amonía con la creación.

FORMAS Y ESPACIOS DE CHILLIDA

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La solidez y la energía de la escultura de Chillida requieren espacios abiertos y, sobre todo, una inclusión en la naturaleza. En ambientes como éste adquieren sus obras el máximo de sentido : porque se establece el diálogo, que en teoría pudiera haberse considerado imposible, entre los materiales férreos – como en este caso – y la suavidad del paisaje verde del País Vasco, su tierra de origen, a la que – por cierto – siempre se mantuvo fiel. La ambición ciclópea de la mayoría de sus piezas sólo puede ser "tolerada" por el campo abierto : en otro ambiente se hace demasiado abrumadora.

Tal es el caso, también, de la escultura emplazada en el parque de la Creueta del Coll, de Barcelona (fotografía en cabecera) : la maciza mole de hormigón permanece suspendida a escasa altura de la tersa superficie del agua estancada. No puede haber rivalidad entre ellas, sino compañerismo y, en todo caso, estética complementariedad.

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El caso contrario está representado por "Topos IV", la escultura que el municipio barcelonés colocó en uno de los rincones históricos de la ciudad : la Plaza del Rey, flanqueada por edificios medievales y también renacentistas. No hay avenencia posible entre esta obra, asimismo excelente, y el marco urbano elegido – mal elegido – , que es por otros conceptos extraordinario. Un estudio psicosociológico demostró que el público normal percibe también la profunda inadecuación entre ambos elementos : un 56 % de los encuestados opinó que la obra no se encuentra en armonía con el ambiente que la rodea (cf. Federico Revilla : "Adecuación entre la obra y el entorno donde se colocó". "Colóquio / Artes", Núm. 97. Fundaçao Calouste Gulbenkian. Lisboa, 1993).

Como otros artistas, Eduardo Chillida fue sensible a la palabra de los poetas. Muchas de sus "mesas" están dedicadas al poeta sufí Omar Khayyam. Precisamente quien escribió estrofas tan sutiles como las que comienzan así : "La vid tropezó con una fibra ; en torno a ella / se adhiere mi Ser..."

¿Faltaba algo a la creación para ser acogedora, amable, “humana”? Tal vez le hubiese faltado el “toque” de las formas de Chillida, que la completan, la ultiman, la amenizan vigorosamente.

Quizá por eso sus hierros o sus hormigones fraternizan tan normalmente con el césped, los árboles y las frondas. Parecen haber nacido juntos, crecido juntos. Quién sabe si poseen secretos comunes que comentar...

Algunas veces hemos dado en pensar que ciertas obras de Chillida, incluso las más acertadamente colocadas en algunas grandes urbes, "se aburren" o padecen angustiosa soledad en medio del movimiento que las rodea... y quién sabe si las asfixia (o las niega). Fueron concebidas para algo más que la ostentación orgullosa de una civilización que carece de tiempo para interrogarlas e interrogarse por / con ellas... Y he aquí cómo unas obras tan rotundas, cuando precisamente se ubican en la quietud de la naturaleza, ¡quién lo dijera!, sugieren, acogen, amparan... la meditación del hombre, el recogimiento, la paz, el reencuentro consigo mismo que le hacen tomar posesión de su propia interioridad. Ser más “él mismo”, nada menos.

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