GIORGIO DE CHIRICO, OBSESIVO CRÓNICO

Arqueologo

Entre las vanguardias de comienzos del siglo XX, que tanto escandalizaron – primero – y tanto se hicieron admirar – más tarde y hasta nuestros días –, destacó un pintor aislado, sorprendente y sin consecuencias posteriores. En efecto, no es cierto que el surrealismo tuviera nada en común con él, si no fuese la salida del camino trillado. En cuanto al rótulo con que se pretendió clasificarle – “pintura metafísica” –, aunque ha perdurado, no logró atraerle discípulos : dicho rótulo, aparte de ser convencional, no responde a su estilo, ni a su intención (si la hubo), ni a su origen. En éste último nos atrevemos a sondear cuando ya toda polémica es sólo un runruneo del pasado.

No así, la presencia de una serie de obras inquietantes. Quizá, incluso, apasionantes.

Giorgio de Chirico, en efecto, pudo ser discutido en su tiempo. Actualmente sólo interesa en algunos aspectos. Que no es poco. Pero queda solo, dramáticamente solo, en el umbral de un tiempo de fecundos hervores renovadores.

Dos temas solamente

Durante los primeros tiempos de su dedicación a la pintura, Giorgio de Chirico fue capaz de consolidar una doble iconografía a la que debe toda su fama : por una parte, visiones de plazas y otros espacios urbanos vacíos ; por la otra, una especie de maniquíes sin finalidad ni actividad aparentes. Esta doble temática le ocupó durante 1910-1920 y no regresó nunca a ella, a pesar de continuar pintando durante el resto de su vida : muchos decenios. Tampoco la aludió apenas, como si quisiera olvidarla o incluso la hubiera olvidado de hecho, mientras que se mantuvo muy beligerante en la defensa de su posterior trabajo pictórico.

La solitud

Ni presencia, ni movimiento, ni ruido

Sus desoladas visiones ciudadanas conservan todo su angustioso misterio. Son espacios para la convivencia donde nadie convive. El arte de Giorgio de Chirico logra que se perciba en ellos incluso el silencio (que de suyo no es en absoluto pictórico ni pintable). Soledad absoluta. La intrusión – impensable – de algún ser viviente parecería una equivocación o una ruptura. En realidad, las muertas arquitecturas de estos lienzos son una contradicción en los términos : en cuanto arquitecturas para no ser habitadas ni visitadas jamás.

Soledad perfecta. Quietud estrictamente visual, casi táctil, a punto de ser asfixiante.

Nunca sucederá nada en esas plazas, ni se asomará nadie a esas ventanas. Es la “no-vida” en el ámbito donde normalmente se desenvuelve la vida.

Una quietud morbosa que fascina al contemplador, le intriga y casi le arrastra. Por muy poco no alcanza a “chuparle” la actividad, el movimiento ni la respiración. ¿Invitación acaso al no-ser?

No humanos, pero casi lo hubieran sido

Héctor y Andrómaca.jpg

Por otra parte, el repertorio de extraños maniquíes que Giorgio de Chirico pintó durante la misma etapa de su juventud parecen proceder temática y técnicamente de otra galaxia. Al parecer, sólo fue una concesión atruibuirles a veces nombres más o menos ilustres (como “Héctor y Andrómaca”). Es evidente que carecen de vida. Por tanto, nada de pensamiento. Menos aún, pasiones. Son inertes, vacíos, neutros. ¿Qué interés pueden ofrecer? Ninguno, si acaso no es su mismo misterio. E incluso este concepto resulta grandilocuente para unas formas tan anodinas.

Quizá por eso atrajeron el interés de varias generaciones : intrigan, cuando no inquietan. Estamos muy lejos de la belleza, la perfección, el garbo, la donosura e incluso la sátira. (Daumier había sido un soberano artista gracias a sus despiadados ataques contra quienes abusaban del prójimo). En efecto, lo que atrajo a los públicos en la pintura De Chirico a comienzos del siglo XX debió ser estrictamente la anomalía y la contradicción. Naturalmente, no tardaría mucho en surgir el surrealismo (cuyo parentesco él rechazaría indignado durante el resto de sus días).

Aplastante egolatría

Cuando un artista ha dejado constancia escrita sobre su vida, suele esperarse que ésta esclarezca – hasta cierto punto – su obra visible : cuyo continúa siendo, en cualquier caso, el testimonio definitivo e irrefutable. Giorgio de Chirico escribió unas tituladas “Memorias de mi vida”. Pero este trabajo resulta escasamente útil para semejante finalidad. Porque, sencillamente, no se trata de unas memorias, sino un insoportable panfleto cuya lectura sólo se prosigue a impulsos de la ingenua esperanza de que, como excepción, salte algún dato o algún recuerdo personal.

Ni siquiera menciona los supuestos achaques y dolencias que algunos médicos le han atribuído, en el discutible intento de explicar por su mediación algunas de las características más sorprendentes de su pintura : disfunciones cerebrales paroxísticas ; síntomas de origen neurológico, acaso relacionados con una epilepsia del lóbulo temporal (sic) ; migrañas ; alteraciones visuales (aludidas especialmente por Klaus Podoll), etc. Todas ellas quedan como hipótesis no confirmadas.

Pero De Chirico en su escrito pasa por alto casi todo lo demás que hubiera podido ayudar a comprenderle. Total silencio sobre su primer matrimonio – como ha observado Anatxu Zabalbeascoa –, puesto que ni siquiera menciona el nombre de aquella esposa : Raissa Gurievich. En cambio, aparece con alguna frecuencia la segunda, Isabella Pakzwer Far, aunque sólo para poner por las nubes su inteligencia filosófica (se sospecha que en cuanto fascinada por su arte, puesto que le dedicó exégesis permanente).

Apenas unas alusiones a su decenio propiamente creativo : De Chirico no le da ninguna importancia. Comprobado más adelante hasta la saciedad que durante el resto de su vida mantuvo una oposición violentísima contra el arte moderno, cabe suponer que debió incomodarle haber participado en el mismo, aunque tardase poco en dejar atrás aquella etapa.

Y no hay más que desprecios e injurias contra los que llama, en bloque, artistas modernos. Se extiende una vez y otra en las execraciones contra aquella gente. No “salva” ni siquiera a Cézanne ni Van Gogh. Sobre todo, se demora en describir minuciosamente las innumerables arterías de que sus contemporáneos le hicieron objeto. Cierto es que no faltan las jugarretas ni truhanerías en el mundillo de las artes y las letras, pero los testimonios de este pintor van mucho más allá del “cupo” normal que corresponde padecer a un artista sobresaliente. Si hay que darle crédito, él careció siempre de valedores ni apenas admiradores ; en cambio, fue víctima de una infinidad de enemigos, traidores y miserables. El repertorio de sus denuestos es amplísimo.

Patología, sencillamente

En consecuencia, la lectura de este penoso libro orienta más bien en una sola dirección : Giorgio de Chirico parece haber padecido una obsesión crónica automagnificante, confirmada – y acaso alimentada – mediante su manía persecutoria.

Sólo unos ejemplos :

“Ciertamente, todos aquellos espectáculos de excepcional belleza que vi en Grecia de niño y que son los más bellos que haya visto hasta ahora en mi vida, me impresionaron tan profundamente, me quedaron tan potentemente impresos en el ánimo y en la memoria, que hicieron de mi un hombre excepcional, que siente y entiende todo cien veces más intensamente que los demás” (p. 37).

“...pero el que más le quería era yo, porque también entonces, como hoy, yo era el mejor y el más inteligente de todos” (un recuerdo de su infancia, p. 43).

“Esta sensación extraordinaria se puede sentir (aunque para ello es necesario tener la fortuna de poseer las excepcionales facultades que yo poseo...)” (p. 78).

Los psiquiatras podrían fijarse en el episodio que narra en los siguientes términos : visitando el museo de Villa Borghese, ante un Tiziano le sobrevino una experiencia paranormal, que denomina “la revelación de la gran pintura”. Así lo recuerda De Chirico :“Vi aparecer en la sala lenguas de fuego, mientras fuera, en el cielo claro sobre la ciudad, resonó un clamor enorme, como de armas chocando en señal de saludo y, junto a un formidable hurra de los espíritus justos, resonaron las trompas anunciando una resurrección [...]”. Era el verano de 1919. (p. 128).

Las jactancias continúan sucediéndose en todas las épocas :“...para tener realmente el derecho de hablar como yo, hace falta, fundamentalmente, ser un pintor de gran altura y haber podido pintar cuadros como sólo yo he conseguido hacer en esta primera mitad de siglo” (p. 153).

Alguna observación tan enfática como cualquiera de las citadas pudiera ser achaque comprensible en un artista : quién más, quién menos, es frecuente que muchos se consideren unos genios. Algunos lo afirman claramente, y no pasa nada. Pero en éste la frecuencia y la insistencia son abrumadoras : se trata de un motivo único en sus mal llamadas memorias. La egolatría de Giorgio de Chirico no solamente es enfadosa y aplastante : llega a hacerse abrumadora.

En cuanto a la abundancia de sus autorretratos, excede ampliamente la media normal en sus colegas : De Chirico se autorretrató innumerables veces. Durante algunas de sus épocas su propia persona se erigió en el motivo por excelencia. Pudiera ser una confirmación a su egolatría, que ciertamente ofrece visos patológicos.

Expresión visual de toda su vida

“Sólo frente a todos”, no se ocupa más que de ese enfrentamiento. Parece que en su vida no haya más. Esta insoportable obsesión expresa de otro modo la soledad que debió caracterizarle : ¡la soledad de sus paisajes urbanos! En cuanto a los maniquíes, coinciden en justificar una interpretación semejante : son remedos humanos, la vaciedad es en ellos ontológica.

Parece que tampoco hubiera nada en el propio pintor : un ego incapaz de dialogar. Interesante, pero desalentador, si acaso sugiere que el hombre se encamina a una vaciedad tan horrorosa.

Sólo eso había podido pintar por su cuenta y riesgo. En adelante, se distrajo durante toda su vida en el esfuerzo – loable – de seguir y aprender la lección de los grandes clásicos. Pero clavado en un ayer glorioso, se exasperaba ante quienes entendían el arte como avance desde hoy a mañana : vida, al cabo.

La pintura metafísica habría sido la proyección temprana de su psicopatología. Aquella inquebrantable convicción de superioridad crea el vacío a su alrededor : nadie puede hallarse a su altura ni en su proximidad.

Absoluta soledad. Autoencerramiento. ¿Para qué intentar expresar nada si no hay quien comprenda? Mudos maniquíes : sólo una semejanza humana, que no convence a nadie. Comunicación imposible. Son remedos humanos y como tales carecen en absoluto de algo que comunicar.

Después de aquel período juvenil – al cual se debe la fama que aún conserva – no le quedaba nada más que intentar. Autorretratarse, autoadmirarse. Echar pestes contra todos (salvando, eso sí, a los grandes del pasado... que no han de volver). Sin embargo, se ha continuado escribiendo mucho sobre él : hay numerosas exégesis inteligentes y por ello mismo discutibles.

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Un gran nombre. Un apasionante destello. Interesante durante una breve época de su vida, Giorgio de Chirico obtuvo la fama que aún le acompaña. Repetitivo y semiperdido en el arte posterior. En suma, una fascinación pasajera.



BIBLIOGRAFÍA

Giorgio de Chirico : “Memorias de mi vida”. Editorial Síntesis. Madrid, 2004.
Rafael Argullol : “La modernidad espectral”. “El País”. Madrid, 29 noviembre 1998.
Rossend Arqués : “La plasmación artística del sinsentido de la existencia”. “La Vanguardia”. 3 enero 1989.
Anatxu Zabalbeascoa : “Las razones del ególatra”. “El País”. Madrid, 11 septiembre 2004.




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