FRIDA, LA MUJER MICROCOSMOS

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Una perpetua lucha contra sí misma

Esta mujer pletórica al parecer, que se autorretrata en un ambiente de vegetal exuberancia, ha sido sin embargo la protagonista de una de las más lacerantes inmersiones en la adversidad y el sufrimiento.

Se hace comprometido seleccionar un autorretrato, que no puede ser sino uno más entre los cincuenta y cinco, aproximadamente, que se pintó (alrededor de un tercio de su producción artística, sin contar con otras composiciones a las que se pudiera otorgar “latu sensu” un sentido semejante) : probablemente sea, sin duda, uno de los más bellos. Contrasta mucho con gran número de los restantes, donde Frida prefirió mostrarse doliente, enferma o maltrecha. Pero no los desmiente, sino que los completa.

El sufrimiento, compañero inseparable

Un terrible accidente había dejado a Frida destrozada en lo mejor de su juventud (aunque ya anteriormente había padecido poliomielitis). En medio del horror y la carnicería – que la marcaron para toda la vida – Carlos Fuentes ha recordado que aquel cuerpo maltratado fue recogido, cubierto de sangre, ¡pero al mismo tiempo dorado!

“Despojado de la ropa, el cuerpo desnudo de Frida recibió, como un rocío fantástico, la llovizna de un paquete de oro en polvo que llevaba a su trabajo un artesano” : al modo de una Dánae de la era industrial, una visión estremecedora y al propio tiempo involuntariamente surrealista ¿Acaso, también, premonitoriamente?

Sus biógrafos no se ponen de acuerdo sobre el número de intervenciones quirúrgicas que hubo de sufrir durante su vida : ¿trenta y dos, treinta y cinco? No importa demasiado una más o menos cuando alguien se halla en esas cifras...

Mucho dolor, mucha desesperación... Pero también un espíritu indomable para sobrellevarlos y continuar viviendo-sufriendo. Al cabo, pintando : que es siempre pintarse a si misma.

Esta casi obsesiva fijación en su propio yo es lo primero que sorprende en su obra : la persona y la obra se confunden o se interpenetran. Si es imposible hablar de Frida Kahlo sin “verla” como ella misma se veía, no lo es menos considerar su pintura sin que se nos cuele en ella la conflictiva mujer que fue, con todo el desgarro de sus sentimientos.

¿Sensualidad o sufrimiento?

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¡Claro que se pinta a si misma! Sus sufrimientos, tan constantes, tan atroces, no le permiten jamás olvidar su cuerpo. Este exige – a mordiscos – su atención continua.

Ahí la tenemos, genialmente autorretratada en “La columna rota”. Frida tiene la mirada perdida y llorosa. Pero su inquietante veracidad no es solamente la visión de su interior despedazado, sino también la paradoja del placer con que pinta sus pechos, carnalmente magníficos, sin duda la zona más real y más viva en esta pintura. De modo que el contemplador vacila entre compadecer (todo el cuerpo, además, está cubierto de clavos incrustados sin piedad) o desear sensualmente... ¿Fármacos o caricias? ¿Cirugía o coito? La existencia de Frida Kahlo discurrió, efectivamente, en una borrascosa coexistencia de ambas dimensiones.

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No es paradójica, aunque superficialmente lo parezca, la personalidad de Frida Kahlo. En el ser humano están tan íntimamente imbricados el cuerpo y el espíritu que las angustias o las aspiraciones del uno pueden ser asumidas e incluso satisfechas por el otro. Ello acaso sorprenda a quien lo perciba desde fuera (por supuesto, sin haberse autoanalizado nunca). Pero es coherente. El destrozo de su cuerpo – sufrimiento y más sufrimiento – se resuelve en algunos autorretratos donde ella misma se ve como una espléndida mujer, adornada con los más vivos y alegres colores. Su incapacidad – durante largas temporadas – para las acciones más usuales la arroja a sentirse, en cambio, activísima sexualmente cuando puede : un volcán de entusiasmos eróticos.

Ruina también presente

Pero otras veces se asoma a su propia fatalidad. Al desastre físico de la columna rota corresponde la tierra del desolado paisaje donde se ha colocado : también cuarteada, misérrima. No es la única vez cuando Frida Kahlo recoge – acaso sin proponérselo – otro venerable simbolismo : la correlación entre la mujer y la tierra. La mujer, en su cosmovisión, es siempre Ella Misma. Y nadie más.

Su vida fue constante despojo – de la salud, de la maternidad (insistió sobre el tema de sus abortos), del movimiento... incluso de la fidelidad de Diego Rivera – a quien amaba con una pasión extraña, acaso un tanto patológica – . Pero ella demostró siempre compensarlo. Aquel cuerpo tan castigado, por no decir destrozado, clamaba por ser abrumado de placer. En cuanto a la pintura, al parecer no fue más que el modo de reafirmarse en aquella doble dimensión de su ser.

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El autorretrato titulado “El pelo cortado” (1940) da testimonio de otro despojo no menos penoso : el de su magnífica y siempre bien peinada cabellera, que había sido uno de sus más utilizados recursos de seducción : quizá el mejor atributo de su femineidad. Parece ser que se la cortó voluntariamente.

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En esta pintura parece que se recree en aquella nueva renuncia : cabellos, cabellos por todas partes : mechones prendidos en la silla, otros esparcidos por todo el ámbito visible, como si pretendieran invadir la realidad en derredor... La más sutil expresión de la destrucción de si misma : la no-belleza, el no-atractivo.

¿Autoinmolación en apasionada ofrenda a Diego Rivera, uno de cuyos trajes malviste? El espacio que deja libre en la pintura por encima de su figura, casi andrógina esta vez – ella, tan presumida casi siempre – , acaso insiste en su vacío interior, en su aislamiento, en la nada de que puede sentirse rodeada (abrumada, aplastada). Su actitud es de una dejadez completa.

Por si ello fuera poco para plantearse la cuestión de su atípica relación con Diego, abundan los autorretratos donde Frida le ha pintado sobre su frente. “Le lleva siempre consigo”. ¿Grabado, tatuado, intelectualmente impositivo, mimado en lo más entero de su torturada personalidad?

También, excepcional serenidad

La presencia de sus atroces quebrantos – físicos, por supuesto, pero también psicológicos – no basta algunas veces para sofocar una relativa alegría de vivir. Sus bodegones – tan poco conocidos – son un gozoso estallido de color y mediante éste, sobre todo, de vida. El deleite de cada mordisco, la frescura, el jugo que brota de la pulpa... Instantes – aunque breves – cuando “lo demás” acaso se refugia en el segundo plano.

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Ello conduce la evocación a una Frida serena. Consuela comprobar que una existencia tan atribulada “también” gozó paréntesis de calma, aunque fueran breves y ocasionales. Siempre tan atenta a su estado, no dejó de autorretratarse en aquella sazón. Respiros bien ganados. Nunca sabremos su duración ni su frecuencia. Pero alienta contemplar estas pruebas visibles de los trances de respiro que Frida pudo experimentar.

¿Por qué se han reproducido tan poco estas imágenes apacibles? Cabe temer que la predilección hacia un cierto tremendismo haya prescindido demasiadas veces de esta otra iconografía serena. Se ha “vendido” demasiado una arquetípica Frida Kahlo desgarradamente trágica. Quienes la amen de veras no pueden ser tolerantes con esta selección donde domina de tal modo lo tremendo y lo lamentable señoreando una personalidad más compleja... y quién sabe si por ello más asequible.

El surrealismo de Frida Kahlo

Ella había negado su atribuído surrealismo en términos irrefutables : “Pensaron que yo era surrealista, pero nunca lo fui. Nunca pinté sueños, sólo pinté mi propia realidad”.

Pero... lo cierto es que la formulación visible de su realidad llega a ser a menudo surreal : por otra vía, mucho más auténtica que la de André Breton y sus amigos, que adolecía de intelectualismo y de esfuerzo deliberado. Ella no necesita los sueños. Por el camino de su faceta atribulada, Frida “no es como ellos”, a fe : es mucho más surrealista que ellos.

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Alguna vez los ha invocado, pero no como recurso estético, ni en tributo a ningún “ismo”, sino como serena comprobación de algo cotidiano. No es en absoluto efectista su pintura titulada, precisamente, “Sueño” : la mujer duerme – ¿plácidamente? – cobijada nada menos que por la muerte, a su vez tendida sobre el dosel de su lecho. Ninguna extrañeza, ni menos sobresalto. Esa compañía es la que ella tiene como habitual.

Por lo demás, una familiaridad semejante con la muerte es un rasgo muy común en el pueblo mexicano. Las gentes de aquel país, tan vivaz y vitalista – como ella – se sienten habitualmente en compañía de la muerte, a la que asocian a su vividura más cotidiana. No sólo hay fiestas y regocijos en torno a la muerte : también debe tenerse en cuenta – causa de aquéllos, a la postre – la certeza heredada de que coexiste, muy a su lado (encima, la supone Frida en esta pintura). La fórmula de Heidegger “Ser para la muerte” hallaría aquí una expresión particularmente serena.

Un destino aceptado

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Nunca se subleva Frida contra su fatalidad : la padece, la acepta... y la muestra. En “El venadito” (1946), la artista se ve como el animal herido, materialmente cosido por las flechas, en número de nueve. Pero la serenidad de su rostro no acusa dolor alguno, ni tampoco alarma ni pavor : como si ese extraño ser, a modo de centauro-cérvido, hubiese sido predispuesto para eso, y no para otra cosa. ¡De nuevo Heidegger! Con zoológica acomodación, vive el destino que le ha correspondido...

Precisamente, el realismo de ese rostro hace aún más inquietante el hibridismo del ser sobre el que ha sido – mal – adaptado. Sería difícil determinar si se trata de una impericia de la artista o bien una deliberada expresión de lo que ella siente : el profundo desacomodo respecto de su propio cuerpo, que en algún sentido percibiría como ajeno o, en todo caso, harto problemático. El aspecto espiritual de la mujer quedaría entonces desvinculado del componente somático de igual modo que esta cabeza se advierte tan ajena al cuerpo del cuadrúpedo e incluso indiferente a sus heridas. Como quiera, desazón semejante pudiera acaso compararse con la que debieron sentir los helenos, que concibieron a seres tales (Trifón, el Minotauro, los centauros) pero al propio tiempo les desagradaban profundamente.

¿Nacimiento y muerte?

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Los dos polos de la vida no podían dejar de interpelar a Frida, habida cuenta de las particularísimas circunstancias que debía arrostrar en ella.

Cuando Frida pinta “Mi nacimiento” (1940) pudiera engañarnos, pues la sobriedad formal induce a creer que no pretende más que una fría representación de aquel suceso. No es así : parece haber una intención en la soledad absoluta de la madre, a quien nadie ayuda a parir, ni tan siquiera acompaña en la habitación vacía.

¿Acaso la mujer se basta a sí misma?, ¿puede renunciar a la presencia de "un otro", quien fuere, en el acto supremo de su condición femenina, que es precisamente el alumbramiento de una nueva vida? ¿Pueden las fuerzas naturales – que la habitan – hacerlo todo por sí solas? Es discutible que puedan identificarse estos significados.

Por otra parte, ha sido eliminada cualquier otra referencia personal. No se le ve la faz : está enteramente cubierta. Se ha sugerido que Frida pretendió representar su nacimiento de una madre muerta : en cuyo caso, esta obra enlazaría mejor con su temática más frecuente. Por el momento, acogemos con reservas esta hipótesis.

La mujer y la tierra

No tiene que sorprender que Frida Kahlo ofrezca frecuentes resonancias de viejas intuiciones de la humanidad : es propio de los individuos más sensitivos, espontáneos, naturales. Estos sintonizan mejor con lo que Jung denominó “el inconsciente colectivo” (al margen de que se acepte o no este concepto y las teorías que puedan haberse tejido sobre el mismo). De hecho, la correlación entre la mujer y la tierra, bajo múltiples aspectos, coincidencias o aproximaciones, ha sido una constante en los más diversos ámbitos culturales a través de muchos siglos.

Frida, que no teoriza nunca, percibe la continuidad que alienta en la naturaleza : mujer --- tierra --- sufrimiento --- vida. Así se percibe notablemente en “Raíces” (1943), donde se autorretrata como la Tierra : horizontal, manteniendo la comunión con ella mediante las raíces con que pretende hendir su seno. Salen de su pecho y serpentean sobre un suelo agrietado por la sequía, que recuerda ciertos paisajes descritos por Juan Rulfo. ¿No será que, en vez de “tomar la vida de la tierra”, más bien es ella quien se la transfunde, al modo como lo hiciera alguna deidad antigua mexica precisamente fecundadora?

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La lozanía de la vid – ¿raíces o pámpanos? – no deja lugar a dudas sobre el riego vital que la mujer distribuye sobre esa tierra sedienta : hubiera sido imposible, a la inversa, extraérselo.

Si la pintura fuese reductible a palabras, éstas hubiesen formado una afirmación orgullosa y espléndida : “Yo soy la Dadora de Vida”.

El hecho de que Frida no hubiera logrado nunca darla a un hijo viable permite comprender más intensamente el ánimo con que pintaría estas intuiciones. Solitaria, pero autosuficiente. Ella es su propio todo : mujer microcosmos. Todo lo resume en sí misma y por eso no necesita más que contemplarse para hallar en sí cuanto ofrece un interés o un valor.

Su conciencia arquetípica se expresa como referencia a Diego (ella es “un arquetipo referencial”) : “LA MUJER, entre todas ellas, YO, quisiera siempre tenerlo en brazos como a un niño recién nacido”.

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Cuando se contempla a si misma en un estadio semejante, en “Mi nana y yo” (1937) – al parecer, su predilecta entre todas sus pinturas – , lo hace, sin querer, en términos mitificantes : la nodriza, con la cabeza como una máscara antigua, pero dotada de soberbios senos nutricios, sostiene en sus brazos a la niña extrañamente adultizada : tal como muchos pintores cristianos habían ejecutado la figura del Niño Jesús. El resultado es feo, o por lo menos desagradable o inquietante. Pero sugiere que esa persona carece de las insuficiencias y de las debilidades del niño (en este caso, la niña) : está preparado/a para una misión de tipo superior (salvífico).

Probablemente, Frida entreveía para sí un realce de alcance metafísico.

La pintora y su cuaderno íntimo

Habiendo seguido a Frida Kahlo a través de sus pinturas – tanto mejor, quienes lo hagan contemplando el mayor número de ellas –, la mujer activa, sensual, reflexiva, simpática, atribulada... que fue en su intensa vida se hace “casi” transparente. Es lo que quería y no en vano empleó el recurso de la transparencia en su obra más de una vez.

¿Qué pensar entonces de su “Diario”? Ante todo, que no es propiamente un “Diario”. Se trata más bien de un “dietario”, un cuaderno de “apuntes íntimos”, sin apenas referencias cronológicas y en absoluto narrativas, donde Frida dio rienda suelta a sus sentimientos indistintamente en forma escrita o gráfica, muy desordenadamente, con alternancias de lucidez y confusión.

Algunos de sus dibujos o pinturas aquí presentan analogías con los muchos que han sido estudiados de enfermos delirantes. Una afirmación que recuerda de lleno a aquéllos : “Yo soy la desintegración” . Colorido espeso, composiciones caóticas.

Semejante analogía no puede sorprender puesto que es sabido que durante sus últimos años había contraído, por vía médica, una seria drogodependencia.

El interés estrictamente artístico de este cuaderno es más bien escaso, aunque hay algunas imágenes, ya que no bellas, sugerentes o inquietantes (rostros superpuestos, p. 52). Son páginas que ayudan más a introducirse – ¿abismarse? – en el ámbito de aquella mujer, y en este sentido bien venidas. Completan, matizan, lo que ya se hubiera percibido en su pintura, pero no añaden nada a ella. Tampoco hacía falta.

Frida Kahlo está íntegra en su obra pintada : con una desnudez tan conmovedora que pocos artistas pueden haberse aproximado a ella, ni siquiera de lejos. Por eso, más que emoción estética, lo que se siente ante ella es el sobrecogimiento de quien penetra en el santuario interior de un semejante nuestro, tan generoso que ha querido abrirlo de par en par. Respeto, silencio : muda sintonía. Aquí ha habido una mujer que ha sufrido y amado como pocas.


BIBLIOGRAFÍA

Rauda Jamis : “Frida Kahlo”. Circe. Barcelona, 1989.
“Frida Kahlo [1907-1954]”. Ministerio de Cultura. Madrid, 1985.
J. M. G. Le Clézio : “Diego y Frida”. Temas de Hoy. Madrid, 1994.
”El Diario de Frida Kahlo”. Debate. Madrid, 1995.
“Társila, Frida, Amelia”. Barcelona, 1997.




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