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LA VETA SURREALISTA EN EL HUMOR DE IBÁÑEZ

Cuando la risa no equivale a “buen humor”

Atención a un caso notable de permanencia. Las historietas cómicas de Francisco Ibáñez, que hicieron reir al público más de cuarenta años atrás, se continúan reeditando hoy : no han perdido gracia ni brío, aunque sí algunas implicaciones de actualidad en muchos casos.

En este sentido, puede afirmarse que nos encontramos ante un “clásico” del humor. Si por clásico se entiende el estilo o el autor que “resiste el paso del tiempo” – ¡juez inapelable! – , Ibáñez es un clásico de cuerpo entero.

Francisco Ibáñez en su tiempo

Este dibujante había pertenecido al “equipo Bruguera” (generación, grupo, más que propiamente “estilo”, como algunos les clasifican). Fue Bruguera una editorial muy poderosa antaño, que inundaba el mercado con sus productos, no siempre cuidados. Es fama que sus dibujantes trabajaban como forzados. No han sido blandos, más tarde, en sus juicios sobre la situación laboral que les tocó vivir en aquella empresa : se ha empleado, incluso, la palabra “esclavos”, que, a pesar del dejo zumbón que adquiere en labios de alguno de estos humoristas, mantiene no poco de su significado siniestro. Es paradójico que en unas condiciones lamentables como las suyas se pudiese “crear” tan ingente cantidad de historietas divertidas.

Otra visión nos aportaría el análisis de contenido en los relatos gráficos de sus principales personajes : “Carpanta”, de Escobar, siempre famélico (en España se pasó mucha hambre), “las hermanas Gilda”, de Manuel Vázquez – según Román Gubern, “reprimidas y avinagradas” – o “Doña Urraca”, de Jorge, perversa y reconcentrada, conducen a reflexionar sobre qué “mal humor” latía en el “humor” de aquel colectivo.

"Mortadelo y Filemón", grandes éxitos

Ibáñez ha sido asociado a sus descacharrantes personajes “Mortadelo” y “Filemón”, con quienes comenzó una serie de historietas para la revista “Pulgarcito”, en 1958 : “Mortadelo y Filemón, agencia de información”. Más tarde, los llevó consigo a otras publicaciones y todavía “colean”, no sólo en páginas divertidas, sino en publicidad, en el cine, etc. (Una reserva sobre este punto : el traslado de unos personajes desde una técnica o un medio a otro determina que pierdan fatalmente muchas de sus cualidades. Es incluso – con las salvedades del caso – un grave riesgo ontológico : unos personajes de tebeo “son” personajes de tebeo y al cine pasarán, a lo sumo, en cuanto remedos, acomodaciones... o falsificaciones. “No la toquéis ya más...”. Cuando se efectúa el traslado como homenaje, habría que recordar que el mejor homenaje es revivirlos en su condición propia : en este caso, el tebeo).

Cierto es que la gracia de “Mortadelo” y “Filemón” está emparentada con la de los hermanos Marx, pero enriquecida por los recursos de metamorfosis que permite la técnica del tebeo. Humor del absurdo, se ha dicho. Pero, ¿acaso el humor no debe ser sino absurdo?

Desgraciadamente...

No menos reconocimiento merece la serie “13 rue del Percebe”. El escenario permanente de una casa de vecindad cuyo interior es visible sirve a Ibáñez para unificar lo que son, de hecho, diez chistes independientes. Con ellos se mezclan ciertos detalles, meras ocurrencias visuales, a menudo tan divertidas o más que los mismos chistes. Los protagonistas – que también se repiten – permiten “esperar” el tipo de situación que haya de afligirles. Son los siguientes : un moroso siempre asediado por sus acreedores (vive en la buhardilla) ; un ladrón profesional, que suele regresar de sus frustradas fechorías ; unos “niños terribles”, siempre dispuestos a tramar juegos dañinos ; una solterona que no escarmienta en su afán de proteger animales ; un inventor que suele fabricar monstruos desdichados ; un veterinario que lo mismo atiende a un camello que a una boa ; la patrona de una pensión que abusa de sus huéspedes hasta el límite de su existencia física ; un tendero de ultramarinos muy ducho en dar gato por liebre o escatimar en el peso ; y un habitante del subsuelo que asoma por una boca del alcantarillado. A ellos se unen la portera, que generalmente es pasiva (asiste a las calamidades), y una situación desarrollada en vertical, menos variable, a propósito de la estrechez o las malas condiciones del ascensor. A menudo, se añade otra igualmente en vertical, sobre el lado opuesto de la página : la fachada exterior del inmueble.

Con tantos elementos fijos, admira la inventiva del humorista. Mucho más extraordinaria, si se tiene en cuenta que mantuvo la serie durante infinidad de semanas (y años) sin mostrar signos de agotamiento.

Otro surrealismo

Hemos advertido el carácter surrealista en el humor de Ibáñez. En busca del efecto cómico, excava por debajo de la realidad visible y hace aparecer formas y movimientos que no lo son : ahí está el “sub-realismo”. Que un formal señor con lentes se convierta en avestruz o en ballena – lo tenemos aquí ante nuestros ojos – suscita la sonrisa, sobre todo si aparece de tal guisa bajo los rasgos tan dinámicos y regocijantes que traza el lápiz de Ibáñez.

Ahora bien, si se examina la sociedad donde produjo aquel humor, aparecerán en ella signos de descomposición análogos – ya que de ningún modo idénticos – a los del mundo que dio origen al surrealismo propiamente tal de André Breton y sus compadres o seguidores en las artes plásticas. Se trata de una sociedad insegura, que busca escapar de la realidad y agradece por ello a quien le ofrece los medios más extravagantes para hacerlo.

En el caso particular de España da mucho que pensar que aquellas historietas realizadas en una situación hoy superada, bajo un sistema político de suyo asfixiante y que no podía dejar de inducir a pesimismo, desánimo y mal humor (presentes en muchos de los personajes antes citados), hallen una continuidad (numerosas afinidades) en personajes que son creados, ya, en un clima de base democrática : algunas frustraciones se reproducen, la incomodidad parece extenderse, en fin la sociedad se muestra pesimista. Ello se percibe en personajes de historieta cómica que no difieren demasiado de sus antecesores.

Mirada inesperada al surrealismo internacional

En cuanto a los famosos del surrealismo, la única diferencia entre las personalidades de su “gran época” estriba en su respectiva actitud individual : los surrealistas “puros” que capitaneaba Breton se tomaron su trabajo tan en serio como para fundamentarlo en los escritos de Freud ; en cuanto a Remedios Varo, hizo una pintura muy a su aire, en este sentido menos contaminada de intelectualismo, y no digamos Frida Kahlo. Un inclasificable, René Magritte, alteraba espacio y tiempo con absoluta seriedad. Max Ernst mezclaba también los motivos como jamás los hubiera pensado nadie...

Por lo que concierne a los hermanos Marx, que realizaron una especie de “traducción” del surrealismo al cine, tomaron de aquella estética – al vuelo – precisamente lo que les convino para hacer reir : la tergiversación de la evidencia como sacudida cómica, potenciada por el dinamismo cinematográfico y complementada por la verbosidad delirante de Groucho (siempre ingenioso, aunque fílmicamente discutible). Ellos no pretendían denunciar nada, sino simplemente ganar dinero. Hay que advertir que todavía su gracia surte efecto en algunos públicos actuales.

Ganarse la vida, precisamente

Más modestamente, igual fue el móvil de Francisco Ibáñez : ganarse la vida. Reivindiquemos este objetivo, al margen de los valores de cada cual : ¡vivir honradamente del propio trabajo, el que fuere! Nada menos. Pero entonces en un ambiente duro y más bien sórdido. ¿Podríamos asegurar que las relaciones laborales han mejorado en nuestros días? ¿Que en el seno de las empresas reinan el compañerismo y la cordialidad? ¿Que los asalariados están motivados, se aprecian mutuamente y echan una mano a otro siempre que pueden facilitarle su trabajo?

En cuanto a los poderosos, no hay necesidad de recordar de nuevo el régimen político de otro tiempo : del modo como se hacía trabajar a la gente en Editorial Bruguera no tenía ninguna culpa el dictador. Hoy, en plena democracia, actúan lo mismo muchos empleadores que abusan de sus asalariados.

Un chiste de Quino, ¡el autor de Mafalda!, secuenciado mediante tres viñetas, presentaba a un empresario, orgulloso, mostrando sus instalaciones a un amigo, mientras le ensalzaba las ventajas de los robots. Pero en la tercera y última debía reconocerles un fallo :

-¡¡En cambio, con los robots!!... ¿Cómo diablos hace uno para humillarlo, a un robot?!!! [Hemos respetado la redacción y la puntuación del bocadillo]. (El chiste fue publicado en “El País Semanal”. Madrid, 16 junio 1996).

Al cabo, Ibáñez sentiría necesidad de zafarse de aquellas circunstancias opresivas como sus personajes frente a los enemigos dispuestos a machacarles los huesos : escurriéndose, adelgazándose, estallando en pedazos... En fin, rompiendo la evidencia. Creándose un contorno diferente, a ser posible insólito.

Lo consiguió con un estilo que, ciertamente, hizo época.

Pero, además, continúa entre nosotros. Que sea durante muchos años.

MÁS VIÑETAS DE IBÁÑEZ

Los personajes “Mortadelo” y “Filemón” son capaces, no ya de disfrazarse, sino incluso metamorfosearse, más de seis veces en una sola historieta. Esta variedad formal es un recurso muy válido para aumentar la diversión.

La ideación gráfica como recurso cómico : hay que “ver” el efecto del hipo gallináceo en la “forma” que adopta el huevo puesto durante el ataque.

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La transgresión espacial hoy nos parece mínima, y lo es, en comparación con las libertades formales de este caricaturista ; pero no deja de ser reveladora : a menudo, los personajes se salen del encuadramiento de la viñeta. ¡De cuántos otros encuadramientos habrían querido salirse muchos hombres en 1950-60! (¿Acaso no también hoy en día?).

La realidad nos asfixia. Pues permitamos que este dibujante, de tan chispeante inventiva, nos acompañe para eludirla como él se la hace eludir continuamente a sus personajes.

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Dafne fue convertida en olivo para escapar de Apolo, según el mito clásico. Aquí, el personaje también se ha metamorfoseado en árbol y pasa así inadvertido a la furia de una de sus involuntarias víctimas.

¿Se nos sugiere acaso que las apariencias no son definitorias? Simplemente : disfraces que algunos seres usan para librarse de los peligros. Se percibe, ¡casi en todas las viñetas de Ibáñez!, que el peligro existe y basta descuidarse un momento para que se desplome sobre cualquier mortal en forma de catástrofe, golpazo o por lo menos susto. Los vivales pueden eludirlos – y parece un juego, pero en el tebeo es eficaz – mudando la apariencia (hay diversos casos reales en el ámbito de la zoología).

Los pequeños detalles suelen estar muy cuidados en “13 rue del Percebe” : esa pareja del ratón y el gato, generalmente en la azotea de la casa, siempre varían sus modalidades de andar a la greña.

Al cabo – hay que repetirlo – el humor de Ibáñez continúa siendo eficaz en nuestros días. Por algo será.

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Regreso a la portada de "Melibea"