INOCENCIO X,
EL VELÁZQUEZ AUSENTE

Tuvimos en España durante 1996 – en préstamo, sólo durante pocas semanas – una de las grandes obras de Velázquez que jamás había entrado en la patria de su autor. Se trata del retrato de Inocencio X, pintado en Roma durante la estancia de aquél en 1650. Nunca ha dejado de pertenecer a la familia Doria-Pamphili, descendiente de aquel pontífice, que lo guarda en su palacio, donde también lo muestra con la debida prudencia.

Un caso semejante había sido el del retrato de Juan de Pareja ; pero éste lo pudimos ver en España por vez primera y única con motivo de la gran exposición de Velázquez en 1990, de la que tanto se habló. Ambas obras se hallan emparentadas muy próximamente por la cronología, ya que el retrato de Juan de Pareja fue ejecutado inmediatamente antes que el de Inocencio X ; pero también por la libertad y la soltura del pintor, que excepcionalmente trabajaba lejos de los condicionamientos habituales de la corte de Felipe IV. Aunque no pesasen notablemente sobre su ánimo, pues no en vano fue un genio, dichos condicionamientos fueron graves.

Puede suponerse, pues, que Velázquez debió disfrutar de situación tan nueva para él, pintando con inusual libertad

La plana existencia de un artista descollante

A los ent usiastas de Velázquez les aguarda una decepción cuando penetran en su vida. La sosez se extiende desde fecha muy temparana. A los 23 años, llega a Madrid, logra retratar al rey – que entonces es muy joven – y poco después recibe el nombramiento de pintor de éste. Se sitúa. Se "instala”.

Esto hubiera sido fatal para cualquier “buen pintor” corriente. Pero de nuevo hay que recordar que Velázquez es, en todo, un caso excepcional.

A esta larga distancia de tiempo, sin embargo, no solamente decepciona, sino que irrita, hallar a un hombre tan superdotado doblegándose mansamente a los condicionamientos sociales. Trabado – porque quiso – en los formalismos y deberes de la corte, que le restaron muchísimo tiempo para su arte (así se explica el número relativamente reducido de sus obras) : hubo de pintar "además” de desempeñar en palacio otros menesteres menos brillantes. De hecho, estuvo siempre muy ocupado en trabajos propios de una especie de mayordomo. No precisamente resignado, sino sinceramente entregado a aquella vida ficticia, puesto que parece que su ilusión más querida consistió en eso tan triste que hoy se llama "ascender en el escalafón” : llegó a alcanzar, y no sin apuros, la ansiada dignidad de caballero de la Orden de Santiago, pero ya próximo a su fin.

Los rasgos de independencia que Antonio Buero Vallejo enumeró, recapitulando a otros autores, distan mucho de revelar en Velázquez una voluntad, no ya levantisca, sino tan siquiera siquiera inconformista. Velazquez fue un genio con mentalidad de covachuelista : un águila encantada de hacer el papel de canario.

Este contexto biográfico explica el gozo que debió experimentar sintiéndose "libre” en la brillante Roma de su tiempo, donde pintó también los dos paisajes de pequeño formato que posee el Museo del Prado : "impresionistas” mucho antes del impresionismo.

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Sobre todo... probablemente fue también en Roma donde pintó "La Venus del espejo” : maravillosa. Como escribió Gaya Nuño : "pieza excepcionalísima en su haber y única en la pintura española del siglo XVII”. Por supuesto : como que en España no le hubiesen tolerado aquella hermosa forma de mujer desnuda, pese a haberla colocado en posición más que recatada. Los maliciosos pueden pensar que precisamente con "su Venus” tuvo Velázquez una relación más que artística de la que hubiera resultado más tarde el nacimiento de un hijo natural.

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Fue la suya entonces, en Roma, una existencia del todo diferente : una feliz ruptura – quizá momentáneo olvido – de la severidad. No en vano debió el rey urgirle más de una vez para que regresara. ¡Su amigo pintor no debía sentir ningún deseo de reintegrarse a los sombríos vericuetos del real alcázar!

No es casual, por tanto, que durante este período ejecutase otras dos de sus obras más personales.

La fuerza de esa presencia

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Siempre se había aludido a la fuerza – no ciertamente benévola – que irradia la figura de Inocencio X. "No existe retrato más aereo, más suscitador de presencia”, escribió Ortega y Gasset. Es tan intenso el impacto de su retrato que la atención se clava obsesivamente en el pontífice : mientras permaneció en el Museo del Prado, en la aludida visita excepcional, se confirmó este fenómeno a través de la mucha literatura periodística que llegó a suscitar. Claro que hay que fijarse en el tipo humano de Inocencio X : insoslayable. Pero tras él se encuentra el ojo avizor del formidable artista, su lúcida capacidad para el análisis psicológico – que sólo tendrá parangón en Goya, otro genio – , su soberbia técnica, capaz de apresar los mínimos detalles de la interioridad para hacerlos visibles mediante pinceladas tan elocuentes como seguras.

Para sir Joshua Reynolds, este retrato era la mejor pintura existente en Roma, ¡donde tanto abunda la pintura extraordinaria!

No ha dejado nunca de interesar la reacción de aquel hombre al contemplarse a sí mismo retratado por Velázquez. Se ha aludido mucho a la frase que se le atribuye : “Troppo vero”. Parece verosímil. Sobre todo, es lapidaria: tan sólo dos palabras. Por ello requiere aclaraciones. Literalmente debiera traducirse : “[es] demasiado verdad". Pero su sentido queda en español mejor expresado así : "Es demasiado fiel a la realidad” o incluso "Se parece demasiado a como yo soy”. Sin embargo, parece que Velázquez atemperó algo su objetividad : Francesc Miralles la considera más acentuada "en el retrato preparatorio, de menores proporciones, que compró Catalina de Rusia y ahora se exhibe en la National Gallery de Washington”.

Diversas opiniones sobre el pontífice

La expresión facial del pontífice es ciertamente sospechosa. Se comprende que a algunos niños les haya impresionado desagradablemente. A los actuales vástagos de la familia propietaria les causaba "un gran terror” en su infancia – según confesaron ellos mismos – la presencia de tan inquietante antepasado.

Por su parte. el novelista Antonio Muñoz Molina escuchó durante las primeras horas de su exposición en Madrid el siguiente comentario : ”Se le nota mucho que no creía en Dios”.

El observa : ”Uno es inmediatamente sugestionado por los ojos del papa Inocencio X, por su arrogancia agresiva y vigilante, por su cruel autoridad recelosa...” "Es probable que a Inocencio X la mirada de Velázquez le inquietara más que a nosotros la suya.’Troppo vero’, dice la consabida leyenda que dijo cuando vio el retrato, y es cierto, hay demasiada verdad en esa pintura, un grado de verdad que roza el límite de lo insoportable, de lo demasiado impúdico, porque no está entibiado por la compasión o la melancolía, como otras veces en Velázquez, en otros retratos donde lo mismo la majestad de los reyes que la miseria y el desamparo de los bufones son retratados con una misericordia ecuánime. En la galería de los personajes fantasmas de Velázquez nadie es tan alto o poderoso que no merezca lástima ni tan bajo que no sea digno de respeto : sólo Inocencio X nos parece inaccesible...”

Otro escritor, Manuel Vicent, coincidió en "volver del revés” el impacto de la mirada al suponer también que la verdaderamente temible era la del pintor : "Todos los críticos aluden a los ojos terribles de este personaje ; en cambio, nadie imagina que los ojos devastadores eran los de Velázquez, negros y concentrados como la verdad misma, que en ese momento estaban escrutando con absoluta imparcialidad el rostro del contrario en un desafío. Atrapado en su sillón frente a un artista singular, Inocencio X, que se creía sin escapatoria, ensayó una mirada agresiva sólo para defenderse”.

Ingenioso, pero no suficiente para tranquilizar a nadie respecto de aquella personalidad. Una mirada como la suya no se puede "ensayar” así como así... Sin embargo, los rasgos negativos de su carácter tal como la fisonomía parece revelarlos no son del todo confirmados por la historia. Trinidad de Antonio debió recordar algunos “pros” junto a los evidentes “contras” cuando escribió : “Su apariencia era majestuosa y con frecuencia fría y distante, debido a su carácter escéptico y desconfiado. No fue muy rápido de comprensión, pero sí tenaz y constante, virtudes que le llevaron hasta el papado por la vía diplomática. Su natural era reflexivo y bondadoso, pero ese temperamento se tornaba con frecuencia melancólico o colérico, como consecuencia de los problemas que le creaban tanto las grandes potencias como su propia familia”.

Gran pintura en estado puro

Son válidas todas esas observaciones psicológicas y muchas otras. También, el valor testimonial de la obra : documento fidedigno que nos "dice” mejor que cualquier otra fuente cómo era el papa Inocencio X y cómo funcionaba entonces la institución capaz de encumbrar hasta lo más alto a un tipo semejante.

Pero la obra es, ante todo, pintura : grande, soberbia pintura. Estaba habituado Velázquez a trabajar a cuerpo limpio frente a las posibilidades de su arte, es decir, sin cobijarse en el eventual agrado de sus modelos : mujeres hermosas, niños encantadores. No los había a su alcance en la desmedrada corte de Felipe IV (con la excepción del príncipe Baltasar Carlos). Su rey, a quien tanto retrató, era inerte, aburrido y apático... excepto en lances de alcoba. Su familia carecía de interés humano. Ni siquiera el todopoderoso conde-duque de Olivares poseía una apariencia sugestiva (porque su inteligencia era menos que mediana). Sólo quedaban para interesar al pintor "las sabandijas de palacio", que así se llamaba a los bufones, generalmente oligofrénicos : con quienes, sin embargo, tuvo Velázquez una excelente relación, "desbubriéndoles" un insólito interés sólo al alcance de una sensibilidad tan singular como la suya.

En semejantes circunstancias, el pintor debía dedicar toda su maestría al juego de los colores, con muy poco que le distrajese del mismo. Analizaba Gaya Nuño sobre su retrato del papa Inocencio : "El cuadro es una sinfonía de rojos varios, el del birrete, el de la muceta, el de la guarnición del sillón, el de la cara, vieja y avinagrada. Para contraste, el blanco de la vestidura talar y los adornos dorados del sillón. Considerable parquedad de medios, pero dispuestos y jugados con insigne riqueza”.

Además, la obra es excepcional también por razones exteriores : “Se trata de una de las escasísimas ocasiones en las que un pontífice posó para un artista español, y este hecho, casi insólito en la historia de nuestra pintura y en la iconografía papal – definida fundamentalmente por artistas italianos – confiere a la obra un carácter singular que debe ser valorado antes de analizar otros aspectos relacionados con ella” (Trinidad de Antonio).

¿Consecuencias o derivaciones?

Como quiera, el tema llenó las páginas de los periódicos. No está mal que de vez en cuando un tema estrictamente cultural se coloque junto a los de mayor interés para los públicos. Aunque ello comporte el riesgo de ciertos desvíos.

Así, por ejemplo, parece un poco abusivo lo que hizo cierto periódico de gran difusión : publicar una foto del "Inocencio X” de Velázquez acompañada de tres de las versiones o réplicas que pintó durante el siglo XX el británico Francis Bacon. Porque nada hay más disímil que el talante ni la cosmovisión de ambos pintores. Cualquiera que sea la valoración que se haga de Bacon – que, desde luego, no agrada a muchos de los que normalmente se dejan prender por la magia de Velázquez – , lo cierto es que él no retrató a aquel papa : tomó una obra de la antigüedad para ejecutar sobre ella sus propias tentativas o aligerar su cargada psicología de hombre de una época tan diversa. Otro objetivo, otro ambiente, otra técnica : sólo queda común entre ambos un nombre. Poquísima coincidencia en el ámbito de las artes.

Mezclarlos, aunque sólo sea unirlos, es confundir el gusto de los públicos. A cada cual lo suyo : con todos los respetos para Bacon, porque sobre Velázquez no hace falta insinuarlo siquiera.

APROXIMACIONES A ESOS HOMBRES



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He aquí la famosa mirada de Inocencio X. Los guías turísticos repiten en muchos lugares y a propósito de diversas obras cierta observación banal : “esa mirada nos sigue” donde quiera que vayamos. Fatalmente, hubo que padecerla también mientras este retrato se expuso en la gran sala circular del Museo del Prado. Pero, atención : lo inquietante no es que pueda perseguir o no al contemplador. Sino lo que disimula y no obstante revela : esa actitud defensiva, recelosa, astuta ; esa malicia, si acaso no malignidad. No, ciertamente no pudo ser un promotor de la piedad cristiana un hombre semejante. A lo sumo, un artero político.

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La mano relajada : único miembro del pontífice que ha cedido y no parece en disposición de contraatacar al presunto enemigo. Toda la obra “descansa” en y por esta mano : se percibe una especie de corriente hacia esta zona del lienzo, como ciertas aguas se mueven en dirección al remanso. Una interpretación que sería bastante fiel al ideal velazqueño de “salvar” incluso a sus peores modelos sugeriría que, en efecto, el artista pretendió descargar la tensión de Inocencio X mediante la relevancia concedida a la mano en verdadero reposo.

Ropajes : pompas vanas. La ascética del propio siglo XVII había de repetirlo una vez y otra. Velázquez se demora en las vestiduras del pontífice, no sólo porque probablemente él está muy pagado de su magnificencia, sino acaso también para ofrecer otro reposo que alivie de su tremenda psicología. Es notable que también “El Greco” se había engolfado en la pintura de las galas de otro eclesiástico no menos desagradable : el Cardenal Inquisidor Niño de Guevara. Dos pintores tan diferentes hallan la misma solución lateral ante una personalidad que les incomoda o les desazona.

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Tras haber contemplado a “Inocencio X”, nadie deja de percibir que “Juan de Pareja” es una personalidad del todo diferente y que en ella el ánimo del pintor puede solazarse. Sobre este retrato no es posible aludir al carácter implacable con que eventualmente pudo mirar Velázquez : se hace evidente que a un hombre semejante, tan sólido y tan digno a pesar de un origen humilde, criado y quién sabe si amigo o confidente suyo, le observa con profunda cordialidad. Es la de Juan de Pareja una presencia tranquilizadora y sosegante : su mirada es noble, serena, sobre todo confiada (precisamente lo contrario que el pontífice). Parece seguro de sí mismo, pero sin la menor petulancia. Un hombre entero, admirable en su sencillez : uno de los escasos modelos agradables que pudo pintar el maestro. Se advierte cuánto lo agradece.

Velázquez descansa psicológicamente cuando pinta a Juan de Pareja.





BIBLIOGRAFÍA



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