MADIROLAS,
UN VISIONARIO PARA NUESTRO TIEMPO

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Durante su vida, ya había que ir a buscar a Carles Madirolas al fondo de la actualidad. Exponía poco. No apareció nunca en los lugares o las situaciones donde, generalmente, los artistas gustan de “hacerse ver”. No hablaba, no hacía declaraciones, no intervino en las polémicas de la vida cultural. Ni siquiera abandonaba su estudio para visitar las exposiciones de grandes maestros del pasado que son frecuentes en las principales capitales del país.

El estaba convencido de no necesitarlo : convicción respetable, aunque no por ello menos discutible. Gozaba así de la soledad y la concentración que consideraba necesarias para alcanzar en su pintura el máximo de autenticidad. Sólo permitió que se las interrumpiesen unos pocos : aquéllos de quienes esperase que, por lo menos, comprendieran lo que pretendía y lo que lograba. Estas fueron las condiciones mínimas para merecer su confianza : precisamente las que explican que ahora aparezca aquí.

Apoyándose en la ciencia de nuestro tiempo

Aquel gran silencioso se avino, en algunas ocasiones, a hablar como el que más. Se descubría entonces que su pintura evolucionaba sustentada por una permenente curiosidad hacia la ciencia de nuestros días ; que cuando Madirolas pintaba no se abandonaba en volandas de una fantasía que todavía puede parecer tan personal, sino que se apoyaba con firmeza en unos conocimientos – quizá apasionados – de lo que van descubriendo los pioneros de las matemáticas, la física o la biología. Precisamente a partir de aquellas bases se lanzaba él a unas visiones que cautivan tanto por su poesía como por su escapada – ¡sólo aparente! – de la realidad cotidiana.

¿No hay, acaso, “otra” realidad que subyace a la realidad perceptible?

Esta meditación, que hubiera podido ser surrealista, introduce a la obra de un pintor como Madirolas que sólo apunta con aquéllos coincidencias externas y en cualquier caso discutibles. Más son las que le unen con el inclasificable Marc Chagall : su tendencia a las imágenes en levitación o en vuelo ( = superación de la gravedad, simbolismos de sublimación). Las herencias del cubismo son discernibles en algunas de sus obras : pero a Madirolas le sirven solamente como medio, en cuanto técnicas para la ordenación – muy rigurosa – de sus elementos.

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Un recuerdo de aquellos primeros pasos de Madirolas : “Enamorados”, sin ninguna concesión a la dulzura ; tampoco al idealismo. Por supuesto, fue el suyo un expresionismo hispano, ajeno a las esperpénticas visiones de los centroeuropeos, pero que se había fijado críticamente en los aspectos míseros de la realidad : aquella tradición había partido de Goya y alcanzado uno de sus momentos más característicos en la obra de Gutiérrez Solana. En cuanto a Madirolas, por su parte, pasó rapidamente, casi de refilón.

Hoy son prácticamente desconocidas las obras de aquel período,incluso para muchos de los que hubieran sido sus discípulos. Sin embargo, la pasajera exeriencia expresionista dejó en Madirolas, muy en el fondo, cierto poso crítico, aunque al cabo éste resultase cubierto por un personal optimismo y una serena alegría muy alejados de lo que aquélla hubiera inducido a presagiar.

Yuxtaponiéndose a todo ello, en las obras de sólo algunas épocas determinadas de su evolución se opera una barroquización por la que aparecen multiplicados los instantes, los avatares y los atributos de unos seres que dijérase vocados a conducirnos a un orden diferente del nuestro.

¿La música como constante?

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Lo cierto es que a Madirolas le motivaba la ambición de moverse en el “espacio-tiempo” : lograr la obra que “cada día aparezca distinta” para su contemplador, porque le permita ver lo que durante cada uno de ellos debe decirle de nuevo. "Cara y manos - I" puede ser una indicación de los elementos visuales tratados según la estética que el pintor iba planteando, primero, para más tarde llegar a desarrollar en más ambiciosas consecuencias.

En la sencillez de esta obra se vislumbra, en perspectiva, mucho de lo más personal en la pintura de Madirolas. Pero, en otra dimensión del juicio crítico, muestra muy sencillamente hacia donde se encaminaba, habiendo asimilado con prudencia la experiencia cubista.

Por otra parte, es importante el componente musical del arte de Madirolas. Para él están estrechamente imbricados matemática --- música --- pintura . Quizá resida aquí la clave de la cadencia que mece sus composiciones más complejas, así como el orden muy estricto que vertebra sus diversos elementos.

Nada ha quedado al azar : unas leyes que el artista ha previsto meticulosamente anudan secretamente, “explican”, pero también vivifican todos los componentes visuales.

Serenidad contagiosa

Al cabo, el ambiente habitual en las composiciones de Carles Madirolas es de una “sonora” serenidad que se contagia, paradójicamente, a través de los vestigios de un incesante dinamismo cósmico. Abandonado el ser humano a la fecunda agitación de las esferas – sin que haya en tal abandono rastro perceptible de taoísmo – , encuentra en ellas su centro, acaso la razón de su existencia, lo cual le causa un aquietamiento profundo : la gratificante sensación de que todo es como debiera ser. Sobre todo, de que él mismo se halla donde y como le corresponde.

¿Conformismo? Todo lo contrario. Precisamente porque se sintió pradójicamente incómodo en la sociedad donde vivía, Carles Madirolas, por una parte, la eludió todo lo que pudo : casi por completo. Mas, por otra parte, habiendo aislado sus elementos constitutivos, esenciales, trabajó para construir a partir de los mismos una realidad viable, sobre todo “habitable” sin renegar de los valores más noblemente humanos.

Sólo así se justifica aquel aquietamiento. No es claudicación, sino asunción creativa de lo que la historia ha traído hasta nuestras orillas y depuración del magma alienante que comporta.

Nada más deseable para el hombre de hoy : haber llegado a un grado de enraizamiento y de aceptación precisamente en virtud de la dinámica que le rodea y le condiciona. En suma, el hombre deja de sentirse víctima de aquélla : antes bien, la comparte o, mejor todavía, se integra voluntariamente en ella. Algo hay vagamente resonante de lo que se consideró el acto de fe – aceptación de lo no evidente – en semejante integración : por lo menos, el convencimiento de que es posible llegar más lejos, caminar hacia una plenitud, remontarse en pos de quién sabe qué remotas experiencias...

Cuando Carles Madirolas consigue “algo de eso” en los contempladores de su pintura, no solamente les está ayudando a ser como deben ser en cuanto humanos, sino que les procura un asomo de la felicidad que buscan. Pero sin haber negado, mediante fáciles escapismos, ni una tilde de la problematicidad en que – también – vivimos sumidos.

SABER MIRAR LA PINTURA DE MADIROLAS

Las pinturas que aquí comentamos corresponden, en su mayoría, a los años 1980-1982, período muy fecundo de Carles Madirolas, cuando su barroquismo era más acentuado, probablemente como reacción a ciertas etapas previas, que ya hemos mencionado : basta la mención, puesto que no ancló en ellas.

Barroquismo, ¡acaso! Pero generalmente disciplinado por una influencia cubista, que por lo general no faltará nunca - más o menos discernible - durante la prolongada época definitiva de Madirolas. Así lo aprecian cuantos miran con serenidad obras como "La cascada", "Elegida una mujer" o "Personajes 21".

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Particularmente, en "La cascada", composición, plenamente “madiroliana”, la más evidente “cascada de naipes” (a la izquierda) es relacionada por el pintor con una suave cascada de bancales en el paisaje (zona intermedia), que la une, más que la separa, con la definitiva “cascada femenina” (centro y derecha). La realidad en cuanto fluencia casi líquida ; devenir suave, pero inevitable : éste realiza una nueva expresión de la comunidad en lo real.

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Junto a tales obras de madurez permanece siempre y sólo en ocasiones se manifiesta con evidencia la huella del retratista que Madirolas pudo haber sido pero no se avino a ello. Como ejemplo, el inesperado realismo - aunque parcialmente - de "Expresivo total". Esta composición permite al pintor demorarse gustosamente en el rostro de la muchacha, que es un verdadero retrato. Pero será frecuente en Madirolas la tendencia a “completar o “perfilar” psicológicamente a algunos de sus retratados mediante otros elementos, no siempe reales. Aquí, las figuras del fondo, que “repiten” o “aclaran” a la joven retratada y, sobre todo, el aleteo de las manos, cien por cien expresivo de anhelos.

Como quiera, se conocen pocos retratos de su mano : pues, entre los que pintó, la mayoría no han salido de colecciones particulares. Tales, los retratos de Mireia Vedia, en un ambiente musical éste ya de toque "madirolesco". Dijérase que el sonido envuelve y suavemente "arrebata" a la adolescente, trasponiéndola a otro orden. ¡Pintar el sonido! ¿No es una empeñosísima pretensión?

Por su parte, “Cuarta dimensión” (reproducción en cabecera) es una expresa búsqueda de la superación espacial. Multiplicación de los planos. Varias versiones de levitación o acaso vuelo. En el fondo, zona superior de la composición, unas perspectivas tratadas al modo clásico. En el ángulo inferior izquierdo, varias figuras bailando la sardana (la danza tradicional catalana) corresponden a las ansias de vuelo : pues mientras sus manos se alzan, enlazadas, en cambio sus pies se asientan en la tierra, sin la que sería imposible la danza.

Otro cruce de influencias e intuiciones se vislumbra en "Nacimiento Núm. 2". La complejidad de la composición es más bien formal : la mujer tendida resigue la horizontal de la tierra (como tantas veces ha plasmado escultóricamente Henry Moore) y de hecho se superpone al paisaje, aunque sin confundirse con él. Todo lo demás se desarrolla muy naturalmente, sin proceder expresamente de aquella figura, pero en sutil dependencia respecto de la misma : ¿proyección, consecuencia, eco? Un nacimiento – cualquier nacimiento – repercute mansa y gozosamente en toda la existencia.

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