PAULA E ISABEL
JUNTAS PARA SIEMPRE

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Han pasado años, pero el libro sigue vigente, en cuanto Paula continúa viviendo en él y por él : que es un modo particular como una madre puede gestar indefinidamente.

Difícil empeño entonces, el de aquel libro de Isabel Allende : se atrevió a dar a la imprenta – es decir, darnos a todos, sin reparar en quiénes – las emociones del último año de vida de su hija Paula, sumida en un coma profundo.

Podía haber sido un libro lacrimoso. El mayor golpe que puede afectar a una madre es, precisamente, asistir inerme a la lenta consunción y finalmente la muerte de un hijo. Paula era una joven espléndida : después de muerta, todavía nos enamora. Y para siempre, por magia del libro de su madre.

Pero no sólo no es lacrimoso, sino que ni siquiera puede ser reputado sentimental. Es tan digna Isabel Allende en su dolor, tan madura, que no necesita alardear de lo que cualquier lector adivina y comparte sin que se le estimule a ello. Más todavía : durante páginas enteras, cabrillea en la prosa de Isabel aquella picardía que tantas veces, en persona, se le escapa en su mirada vivaz, casi humor, casi broma. Los personajes pintorescos y las situaciones extravagantes o divertidas que no han escaseado en su vida desfilan ante la imaginación, desplazando – que no eliminando – la presencia continua de Paula inerte. Muchos de ellos pertenecen a la misma familia de aquéllos que tanto divirtieron en su primera novela, “La casa de los espíritus” : así se confirma cuánto tenía de autobiográfica.

Como una Deméter de nuestro tiempo

Sólo hacia el final del libro, pocas páginas antes del breve “Epílogo”, el estilo cambia radicalmente : Isabel Allende llora y clama en la soledad, bajo la lluvia, con la desmelenada desesperación de una heroína de tiempos heroicos. La emoción humana se expresa en las palabras más hermosas, por intensas y lacerantes. No conmueven propiamente : paralizan. Son tres páginas de gran literatura, sin duda las mejores que ha escrito Isabel. Tiene ésta algo de inmortal Deméter, buscando a su hija, pero íntimamente penetrada de la realidad que le asegura que ella no ha de volver (por lo menos, al modo trivial de los reencuentros humanos).

Tres páginas con intensidad intensidad de tragedia griega.

Casi seguro que Isabel no escribirá nunca otras igual.

(Imagino cuánto pudiera lastimar esta opinión a una novelista. Pero, leyendo este libro, no nos encontramos con una mujer que haya aceptado la vocación literaria. Sino con una madre. Y una madre lo es siempre y aunque la vida la lleve por otros senderos, nunca se arrancará de las entrañas lo mejor de sí misma, que vivió / vive / vivirá siempre en ella. Irreversiblemente).

En cuanto al contenido de sus vivencias, es notable que Isabel Allende, que vive al margen de cualquier religión establecida, experimente a menudo sentimientos religiosos muy puros e incluso que logre compartirlos. Queden aparte, por supuesto, los desvíos hacia determinadas supersticiones, que seguramente ha “heredado” de su curiosa parentela, y la firme aceptación de determinadas prácticas mágicas que – dicho sea con sincero respeto – proceden de otro orden diferente. La certeza de que su hija Paula va a permanecer con ella, de que su mutuo amor va a ser más intenso e interpenetrado que nunca, no es ni una superstición, ni una ficción piadosa, ni tampoco un recurso literario. Igualmente se cree en ello desde el cristianismo más despojado de adherencias : es lo que los teólogos tradicionales habían denominado “la comunión de los santos”. Ahora cada cual puede llamarlo como quiera : pero la experiencia de algunos creyentes lo confirma.

En obras posteriores, Isabel ha descrito más de una vez la calma, la serenidad y la plenitud con que siente “algo” así como una presencia de Paula en cierto paraje boscoso, en camino hacia el lugar donde antaño condujeron sus cenizas. Todo está superado. Paula vive : lo percibe su madre y podemos compartirlo sin esfuerzo muchos que no la conocimos, sea desde unas certezas religiosas o bien desde una sencilla sensibilidad humana.

Tristeza, no

Libro triste “Paula”, pues, sólo muy en apariencia. Está por encima de toda tristeza, aunque tuvo que despegar desde ella. Humano, humanísimo, intenso y profundo. Uno de esos libros que ayudan a tomar mejor posesión de nuestra hombredad. Y que dejan, al cabo de la apariencia de una tremenda desgracia, una profunda paz.

Es probablemente la paz que la autora ha alcanzado tras la prueba desgarradora. No una paz “concedida”, “regalada”, ni “encontrada”, sino trágicamente ganada en y por el amor de madre.

Porque Isabel y Paula están más juntas que nunca.

No pretendamos comprenderlo. Basta y sobra con compartirlo.





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