UNA OBRA IGNORADA DE VICENTE ROSO

Arte del siglo XX para una epopeya de siempre

Una primicia para “Melibea”.

Aportamos a la variedad de esta antología la presencia de quien puede ser un “descubrimiento”. En efecto, es poco probable que se identifique inmediatamente a este artista, no mimado por la fama.

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¿Un tebeísta? Bien : un tebeísta. Pero no sólo eso. Aunque Vicente Roso se dedicó al relato gráfico durante varios períodos de su carrera, pronto se advirtieron en él unas cualidades que sobrepasaron las habituales en los dibujantes más regularmente dedicados a este género. Les aventajó particularente en su preparación académica, muy cuidadosa. Así, para desarrollar incluso las escenas más movidas o conflictivas él comenzaba por abocetar el cuerpo desnudo de los personajes, uno o varios : de este modo – el más seguro, pero también empeñoso – garantizaba a su trabajo, desde el comienzo, la veracidad anatómica. En las sucesivas etapas de trabajo, iba superponiendo a continuación los ropajes a aquel primer esbozo, hasta culminar la escena prevista en el guión. Se trata de una honradez en el dibujo, que Roso siempre ejecutó como si se tratase de una obra ambiciosa : es decir, muy lejos de improvisaciones – cuando no copias flagrantes – a las que es tan frecuente que cedan los tebeístas.

Era ambiciosa, efectivamente, para él. Por eso está ahora aquí.

La “línea de oro” del tebeo español

El relato gráfico, en cuanto género bien caracterizado, presenta en la tradición española varios hitos sucesivos que marcaron mucho a una creciente pléyade de correctos profesionales. Quizá dicha tradición pueda iniciarse en la figura de Emilio Freixas, competente ilustrador de novelas, que trabajó también en relato gráfico : uno de los pioneros. Su trazo sinuoso, recreándose en las curvas, acusa cierta influencia del modernismo : no se olvide que Barcelona, la gran sede de esta sensibilidad y el estilo correspondiente a que dio origen, fue también capital editorial : donde abundó el trabajo de ilustración y a él se acogieron algunas figuras con otras aspiraciones.

Aquella tendencia de Freixas al ritmo de las curvas suavizó no pocas escenas de violencia en sus relatos gráficos o "tebeos" más populares. (Debe recordarse aquí que la palabra "tebeo" fue hace bastantes años aceptada por la Real Academia Española de la Lengua Española, si bien no puede evitarse que muchos la asocien en particular a los trabajos de tipo humorístico o propiamente infantil).

Sigue, por orden cronológico, la personalidad de Jesús Blasco. Quizá el más famoso, con justicia, de los narradores gráficos. Llena toda una época y su influencia ha desbordado sobre las siguientes. Imitadísimo durante muchos años. Reconocido internacionalmente. “Además", un hombre simpático y entrañable, sencillo y entrañable. Gran artista y gran tipo.

Coincidiendo en el tiempo con Blasco o subsiguiéndole, han sido muchos los tebeístas de notable calidad : Batet, De la Fuente, Enric Sió (malogrado prematuramente) y sobre todo Carlos Giménez. No pretendemos agotar la lista, sino aludir a unos ejemplos.

Algo sobre los comienzos de Vicente Roso

Por su preparación y por algo de lo que esporádicamente trabajó en el género que nos ocupa, Vicente Roso pudiera integrar aquella brillante lista. Sin embargo, no es probable que le encontremos en ella.

Roso no incurrió en lo fácil. Ni se dejó llevar por las prisas, casi obligadas en los diversos géneros del relato gráfico. Quizá se deba a ello, en parte, que apenas se le mencione entre los dibujantes de éstos. En la minuciosa obra “Historia de los comics”, de Josep Toutain y Javier Coma, solamente aparece como habitual dibujante de “Florita” – una publicación para niñas – y desde luego autor permanente de las historietas protagonizadas por el personaje que le dio nombre. Pero sin comentario ni juicio alguno. “Florita” se publicó, con apreciable éxito de ventas, durante el decenio de 1940-50.

Hemos documentado la presencia de Roso también en la efímera revista “Zas” (1945), donde inició “Las hazañas de Teseo”: un típico relato gráfico dotado de cierta ambición,ya que no en vano revivía la figura de un héroe de la Grecia clásica. No lo finalizó, porque “Zas” interrumpió su publicación. Por otra parte, Roso había asumido también la ilustración, en blanco y negro, de “El libro de la selva” : trabajo, por cierto, mucho más cuidado, con una calidad notablemente superior a la común en los dibujantes dedicados al relato gráfico. Puede suponerse que esta colaboración la realizase más recientemente, mientras que “Las hazañas de Teseo” hubieran datado de un estadio anterior en su evolución artística.

Hay en “Zas” otras colaboraciones, también en técnica de viñetas narrativas, donde no figura el nombre de Roso, pero estilísticamente cabe suponer que fueron también obra suya.

La Biblia, un encargo empeñoso

Parece claro, sea como fuere, que Vicente Roso no trabajaba exclusivamente para el relato gráfico, sino que aspiraba a obras más empeñosas. Sin embargo, las muestras que aquí presentamos de su nivel alcanzado hacia 1962-1963 le acreditan como plenamente dominador de todos los recursos de su arte, hasta el punto de que un trabajo concebido para este ámbito puede ser estimado, con máxima dignidad, como dibujo de la más exigente categoría. No está de más recordar que el encuentro entre la imprenta y el gran arte fue muy tardío, siendo su pionero Toulouse-Lautrec y entre nosotros, un poco más adelante, Ramón Casas. En nuestra época todavía quedan algunos creadores que se resisten a “depender” de unas máquinas... pese a que éstas les garantizan hoy altísimos grados de fidelidad a la obra original.

El trabajo ignorado de Vicente Roso, que aquí nos ocupa, es nada menos que una Biblia en imágenes : una colección de ilustraciones que debía desarrollar todos los relatos recogidos en las muy dispares obras que componen hoy el conjunto bíblico. Esta obra le fue encargada, y pagada, en su día, por Pierre Paul Potier con destino a un ambicioso proyecto hispano-canadiense que no llegó a buen término. Dicho proyecto quedó interrumpido tras la ejecución de aproximadamente 170-180 dibujos, que han quedado inéditos, y de los cuales ofrecemos en “Melibea” una muestra por ello absolutamente novedosa. Puede calcularse que en Canadá fueran publicados acaso otros 20-40 originales. En cualquier caso la colección no pudo completarse.

Amplia variedad de registros

Esta breve muestra sobre el arte de Vicente Roso puede sugerir, por de pronto, su aplomo y su confianza en sí mismo. ¡Una Biblia puede ser un compromiso de máximo empeño! En extensión y en calidad. En efecto, la Biblia es todo un universo humano (al margen de sus connotaciones religiosas para muchos).

Pero además de esta índole ambiciosa, y por ello mismo, está llena de escollos, dudas y audacias. Baste pensar que durante miles de años sus diversos libros (porque la Biblia no es un libro, como los simplistas pueden suponer, ¡sino toda una biblioteca!) no fueron propiamente leídos, ni mucho menos vistos mediante algunas contadas representaciones, sino exclusivamente escuchados. Ello condiciona al artista a penetrar con su arte en lo que había sido estricta oralidad : debía trabajar en ausencia de antecedentes visuales.

Es preciso mucho cuajo y mucha seguridad en el arte para lanzarse a dar forma – en este caso, líneas y manchas sobre plano – a unos eventos que solamente hubieran sido narrados de viva voz, al menos en la mayoría de sus antecedentes.

Ello es tanto más así cuando se trata de pasiones íntimas, sutiles o delicadas. Aquí, el anacronismo psicológico se hace inevitable : no podemos saber cómo expresaban unos rudos pastores transhumantes la ilusión del encuentro con el ser amado (o en todo caso, deseado, preferido, elegido...) ; tampoco las formulaciones perceptibles de su frustración, su desesperanza ni su odio (aunque éste, por desgracia, parece más asequible a la suposición) ; en fin, igualmente se nos escapan los modos visibles de su habitual relación mutua. Es preciso aceptar que se quisieran más o menos como gentes de nuestro tiempo. O que aborreciesen con una saña que desgraciadamente conocemos (y padecemos) demasiadas veces. Arriesgadas hipótesis todas ellas, en cualquier caso.

Inevitablemente, pudiera señalarse en muchos de los dibujos de Roso una evidente "modernización" de los tipos y las emociones en los remotísimos protagonistas de los diversos sucesos bíblicos. En especial, suelen padecer cierto achaque de "modernidad" (si acaso eso se padece o puede ser discutido) sus tipos de muchachas jóvenes o muy jóvenes. Normalísimo : él fue padre de dos hijas encantadoras, de modo que tenía estos modelos, no ya continuamente a la vista, sino en el corazón.

Nos parece... ¡nos parece!, que las pasiones violentas hubieran de ser menos disímiles de las nuestras. Sin embargo, no deja de ser otra suposición... sin aclaración probable. He ahí a Saúl, contrariado y ceñudo : ese hombre no medita piadosas acciones, sino que su brutalidad le hace tramar venganza y sangre (I Sam., 18, 8-9). Así lo imaginó Vicente Roso, cuyo arte le permite “penetrar” dentro de ese espíritu borrascoso.

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Estamos en una de las cimas del arte : emplear las técnicas y la sensibilidad necesarias para hacer perceptible algo que no es sino tensión psicológica. La experiencia ha confirmado demasiadas veces que de ella procede seguidamente la acción.

En efecto, la inquina de Saúl había de estallar en cualquier momento : Saúl carecía de la contención propia del hombre civilizado. En este caso el artista, bien aconsejado por su asesor, se atiene a la acción agresiva tal como el texto la describe (I Sam., 18, 10-11).

Crispado dinamismo : una auténtica instantánea, unos centímetros de diferencia, un segundo para que el muchacho se aparte... y la furia homicida se pierde inútilmente.

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La postergación del Antiguo Testamento

A fe que los relatos de la Biblia aportan todas estas sugestiones y muchas más. Es lícito preguntarse por qué, a lo largo de la historia, la iconografía bíblica ha sido tan escasa, cuando el filón de las sagradas escrituras es, de suyo, tan abundante. En efecto, a lo largo de poco más de veinte siglos las artes figurativas han sido pródigas en la temática del Nuevo Testamento, pero han prescindido casi absolutamente de los relatos contenidos en el Antiguo. Dicho de otro modo : para bien o para mal, un artista como Roso en el encargo que comentamos dispone de una perspectiva anormalmente amplia para crear sin referencia alguna a sendos antecedentes.

El hallazgo de un recién nacido abandonado a la corriente de las aguas puede ser imaginado sin demasiado problema : en todos los tiempos el pequeñuelo es esperanza de futuro, por lo que suscita sobre todo gozo ; pero acaso también compasión si su estado o su circunstancia son precarios. Unos y otros sentimientos más aptos para la sensibilidad femenina, naturalmente más próxima - en todo tiempo - a los orígenes de la vida.

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Así, el episodio de Moisés salvado en el río (Ex., 2, 3-9), probablemente algún afluente del Nilo. No en vano esta escena goza de algunos antecedentes. Tanto por su índole misma, como por la identidad del personaje : crucial para la tradición entera del pueblo de la Biblia, el futuro Israel.

¿Por qué, sin embargo, el Antiguo Testamento ha sido tan desatendido por las artes?

La explicación es obvia. La catequesis cristiana, concentrada en la persona y los hechos de Jesús, había prescindido durante largos siglos del Antiguo Testamento, efectivamente, del que se tomaba apenas el relato de la creación. Correspondió a la Reforma conducir la atención de los fieles a este copioso acervo. Pero coincidiendo con su reivindicación del Antiguo Testamento se alzó en la cristiandad romana – por ello mismo – una arisca prevención, cuando no beligerante rechazo de sus contenidos.

Sólo hacia mediados del siglo XX se inició una corriente editorial de promoción de la “biblia en imágenes”. Pero aquella era una biblia severamente expurgada, a nivel infantil, y desde luego poco acorde con la grandiosidad, a trechos espeluznante, del tremendo friso humano que es, globalmente, el Antiguo Testamento. Probablemente no distaba mucho de esta mentalidad el voluntarioso Pierre Paul Potier : pero tuvo a su favor la fortuna de encontrar a un artista capaz de plasmar todos los matices de la existencia humana (que es, nada menos, la trama de las sagradas escrituras, íntegramente consideradas, no endulzadas ni acicaladas).

No se han curado del todo nuestros contemporáneos de aquel distanciamiento respecto del Antiguo Testamento. No obstante, también se recogen en éste algunos momentos de comprensible afectividad. ¿O no estamos muy seguros de que también en pueblos tan duros un padre anciano se mostrase cariñoso y emocionado al recuperar al más niño de sus hijos? Vicente Roso dibujó con especial calidez el instante del reencuentro de Jacob con Benjamín (Gen., 47).

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Violencia – relajación - violencia

En la historia del cristianismo sólo hay algunas otras escasas excepciones a aquella larga marginación de la temática veterotestamentaria : por ejemplo, la traición de Dalila al cortar la cabellera de Sansón (Jue. 16, 4-20). Se piensa inmediatamente en Rubens, siempre espectacular, o en Rembrandt, que prefirió fijarse en el horror que inspira el héroe cegado por los filisteos... Pero pocos más pudieran citarse. Su interpretación pictórica tiende al tremendismo : se centra en el destino del héroe vencido... por causa de la infidelidad a su causa. Dalila no es más que una ejecutora de la justicia divina contra Sansón, puesto que no ha sido capaz de perseverar beligerante contra el pueblo infiel.

No sin razón. Es notable que la historia de Sansón diseñe un arco donde predomina la violencia, con la excepción de un solo trance de placidez. En efecto, una y otra vez Sansón se había conducido como una verdadera pesadilla para los filisteos, venciéndoles en repetidas acciones donde su musculosidad le hacía temible. He aquí un tema frecuente en los tebeos de aventuras – la lucha cuerpo a cuerpo – elevada por Roso a un grado de perfección y originalidad notables.

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Otras veces empleó una inventiva tan artera como personal para sembrar el terror entre sus enemigos (Jue.15, 4-11) Esta tenacidad beligerante le granjeó el comprensible odio de aquel pueblo. Eran tiempos cuando el pequeño Israel se sentía humillado por un enemigo generalmente superior : el pueblo filisteo. La personalidad de Sansón les deparó, con una serie de victorias más o menos ocasionales, por lo menos un paréntesis de cierto respiro. Israel sintió, provisionalmente, un alza en su orgullo y su seguridad.

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No sin las elementales cautelas, creemos que no existe en toda la iconografía cristiana ninguna otra representación de este pasaje bíblico.

Un insólito respiro en esta secuencia de luchas, golpes y matanzas pudiera parecer el idilio de Sansón y Dalila – simulado por ella –, no coherente sino en función de aquella permanente hostilidad. Vicente Roso dibujó a ambos personajes en un trance de serenidad y delicia – sabemos que el último – : disfrutando una placentera holganza sexual.

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A continuación, el desastre total : Sansón, vencido, ciego y esclavizado, provocaría el hundimiento del templo filisteo, pereciendo entre sus ruinas en medio de la multitud que lo había llenado. Curiosamente, esta es una ilustración poco convincente en cuanto a su obvia espectacularidad, excepción en la espléndida colección de donde hemos escogido algunas muestras.

Una obra para “quedar”

El trabajo de Vicente Roso en la versión de la Biblia que hemos presentado hubiese bastado para consagrar a un artista. Desgraciadamente, puesto que quedó inconclusa y por ello no ha podido ser disfrutada por nadie hasta la presente ocasión, cuando aparecen al fin algunas de las unidades que la hubieran compuesto.

También Miguel Angel hubo de soportar sucesivas reducciones de su obra más ambiciosa – la tumba de Julio II – hasta el punto de que su estado definitivo, actual, dista indeciblemente de lo que él había proyectado en un principio. Los artistas – y no solamente los artistas – se arriesgan a paradojas tan frustrantes como éstas. Los demás debemos contentarnos con lo que las circunstancias han salvado. Algo “queda” : menos mal...



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